sábado, 22 de junio de 2019




MONOGRAFÍAS FILOSÓFICAS CRÍTICAS IX



Patricio Valdés Marín


CONTENIDO

  1. Una metafísica del universo                       
  2. Las categorías metafísicas            
  3. Causalidad y estructuración                       
  4. La energía                         
  5. Energía cuantificada                      
  6. Contradicciones de la teoría general de la relatividad          
  7. Una cosmología                            
  8. La esencia de la vida                     
  9. El instinto de dominio – una teoría             
10. El sistema de la afectividad                       
11. El cerebro y la conciencia              
Lo epistemológico I - https://unihummono4.blogspot.com
12. La psiquis                                     
13. El discurso filosófico histórico                  
14. Una teoría del conocimiento I                     
Lo epistemológico II - https://unihummono5.blogspot.com                              
15. Una teoría del conocimiento II                                
16. Los límites del conocimiento humano         
17. Crítica de la ciencia a la epistemología filosófica    
18. La filosofía y la ciencia                              
19. El lenguaje                                    
Lo transcendente I - https://unihummono6.blogspot.com
20. Una cosmovisión               
21. Cuestiones religiosas                     
22. Dios                      
23. La eternidad           
24. La línea divisoria                
Lo transcendente II - https://unihummono7.blogspot.com
25. Reflexionando sobre el significado de la existencia de Jesús         
26. Jesús de Nazaret y el cristianismo                          
27. Breve historia de la humanidad y su relación con lo divino              
Lo socio-político I - https://unihummono8.blogspot.com
28. Antecedentes antropológicos de la sociedad         
29. El ser humano y la sociedad                      
30. Fundamentos antropológicos de la política            
Lo socio-político II - https://unihummono9.blogspot.com
31. La política              
32. La guerra               
33. El Leviatán y los Estados Unidos   
34. El derecho de propiedad privada   
35. La ética del capitalismo                 
36. La tecnología         
37. En el espíritu de El Capital de Karl Marx     
38. Las peculiaridades de la economía de los Estados Unidos         




31. LA POLÍTICA




POLÍTICA CONTINGENTE


La historia recoge el gigantesco esfuerzo humano por hacer valer las nociones particulares de diversos grupos políticos del deber ser de la política y los graves y profundos conflictos generados. Estas nociones han surgido circunstancialmente para adaptar los vaivenes propios de la política a los propios intereses que van surgiendo. Desplegando esta historia, observamos que en cada uno de sus momentos, las nociones que se han tenido por universales y necesarias han sido en realidad muy específicas y particulares y que el esfuerzo por concretarlas ha sido tan desbordante que no se ha trepidado en llevar adelante costosas y destructivas guerras. El único concepto que ha resaltado por su universalidad ha sido la injusticia y la codicia que ha provocado la avidez de poder y riqueza. Además podemos constatar también que estas nociones que han sido reputadas de valor absoluto, en realidad han sido totalmente contingentes y relativas al momento histórico y, por tanto, no trascendentales.

Ya Platón (428 a. C. - 348 a. C.), para explicar la evolución de las formas internas de concepciones y valores políticos había observado una secuencia en orden decreciente de perfección –o creciente de imperfección– que comienza con la timocracia (gobierno del valor y el honor), siguiendo con la oligarquía (gobierno del dinero y la avaricia), y después con la democracia (gobierno del desorden y la arbitrariedad), para llegar a la tiranía (gobierno del miedo y el crimen). Para él el gobierno perfecto es el de la razón que es conducido por un rey filósofo. Más tarde, Polibio (210 a. C. - 125 a. C.) supuso que la secuencia es cíclica y corresponde a monarquía, tiranía, aristocracia, oligarquía, democracia, oclocracia anárquica, y así sucesivamente.

Desde Augusto César hasta 1735, en la cultura occidental, nadie en su sano juicio podía no imaginar que el rey derivara su autoridad por derecho divino. Actualmente, el régimen liberal, que asegura que la autoridad política no es arbitraria pero es racional, proviene principalmente de dos vertientes distintas del siglo XVIII, la Ilustración francesa de enciclopedistas y filósofos, que culmina en la Revolución francesa, y la del empirismo inglés, cuyos máximos exponentes fueron los economistas liberales  ̶ posteriormente se agregaría el racionalismo alemán ̶ . En el esfuerzo de reemplazar la monarquía absoluta por la república, la primera vertiente desarrolló, a partir de las nociones de Estado, autoridad central y defensa territorial, las ideas de nación, república, división y equilibrio de poderes, estado de derecho, interés general, los valores de libertad, igualdad y fraternidad. Frente al vacío del poder monárquico, la segunda contribuyó con las ideas de individualismo, propiedad privada, libre mercado, competencia, división de la sociedad entre capitalistas y trabajadores, división del trabajo, crecimiento económico, el valor de la felicidad.

Ambas vertientes son contradictorias. No había comenzado a implementarse las ideas democráticas de la Revolución francesa, cuando irrumpieron con fuerza las del capitalismo. En 1776, la inocua invención de James Watts, que fue una mejora a la máquina de vapor de Newcomen de 1712, inició un inicuo sistema de explotación del trabajo y la naturaleza. El reemplazo de la fuerza muscular por la fuerza motriz para satisfacer tantas necesidades materiales humanas, demandó la creación de capital, el beneficio correspondiente, su acumulación, el poder político que su posesión conlleva, para terminar en la transformación de la medieval división social de nobles y siervos en la moderna de burgueses y proletarios. En el siglo XIX, cuando el capitalismo estaba plenamente desarrollado, guiado por un profundo sentido ético, Karl Marx (1818-1883) indagó sobre el injusto e inhumano orden social que observaba. Aplicando su dialéctica histórica, destacó la contradicción social interna entre capitalistas y trabajadores y dedujo que era una nueva manifestación de la lucha de clases entre explotadores y explotados. Concluyó que para llegar a una sociedad sin clases la síntesis de esta contradicción pasa por la socialización de los medios de producción, que es la abrogación del derecho de propiedad privada.

Claramente, desde entonces la burguesía no ha hecho otra cosa que demonizar el marxismo… Marx puso realmente el dedo en la llaga cuando señaló que la propiedad privada resume cuál es el centro de gravedad del poder político. El feudalismo tuvo el menguado mérito que con el sistema señor-vasallo nadie se podía erigir en propietario absoluto. En cambio, desde que el feudalismo fue superado por los propietarios burgueses, el empresario ha conseguido la propiedad absoluta de su empresa, lo que lo convierte en amo y señor con autoridad casi absoluta sobre los trabajadores, a quienes se los deja competir libremente para ocupar los limitados y esclavizantes puestos de trabajo disponibles. El grupo de propietarios de un país, organizado colectivamente, o constituye una oligarquía conservadora y privilegiada cuando domina el Estado o es liberal que favorece la libre empresa y el libre mercado cuando pasa a la minoría. En ambos casos, busca consolidar la propiedad privada del capital hasta el máximo límite posible, elevando el derecho de posesión privada lejos por sobre los derechos fundamentales a la vida, la libertad y la protección. Sólo el socialismo se constituye en amenaza, ya sea seria o meramente ritual, a la propiedad privada del capital.   

Puesto que el poder político ha sido apropiado por el poder del capital, la democracia en el sistema liberal que nos rige ha sido una burla y una acartonada fachada. Los partidos políticos, que recogen las corrientes de opinión política, están divididos, no según intereses políticos, sino económicos, aunque disfracen sus adhesiones con ideales republicanos. Los capitalistas están divididos entre liberales o emprendedores y conservadores o rentistas, mientras los trabajadores son socialistas o comunistas; los profesionales y pequeños productores o comerciantes son social demócratas. Cualquier reforma a este sistema tiene que ser consentida por los capitalistas, sino éstos simplemente derriban el gobierno y reprimen a sus partidarios.

La historia muestra que todas las civilizaciones y sus sistemas políticos tienen un final. El momento histórico que ahora vivimos pertenece al término del sistema capitalista liberal por las siguientes causas:
1º Ecológicas: el capitalismo es un sistema que no es sustentable. Su necesidad de crecimiento ha conducido a explotar los limitados recursos naturales, renovables y no renovables, hasta su total o parcial agotamiento. Su sobre producción ha ocasionado una incontrolable explosión demográfica, desechos industriales imposibles de absorber y el terminal calentamiento global.
2º Tecnológicas: el desarrollo y crecimiento de tecnologías de automatización o robotización está amenazado destruir el trabajo del ciclo capitalista trabajo-producción-salario-consumo, lo que impedirá que se consuma la producción industrial y paralizará consecuentemente la economía.
3º Militares: la sobreoferta industrial se está gastando en armamentismo, incluyendo destructivas armas nucleares, y en costosas guerras. Un desequilibrio político cualquiera, un accidente o una locura amenazan con desencadenar un intercambio nuclear que provocaría un invierno nuclear y el término de la mayor parte de la vida en el planeta.

            También las civilizaciones van decayendo antes de colapsar y esta decadencia se puede observar en las consecuencias de extremar las fuerzas que posibilitaron su auge. En el caso presente del capitalismo, estamos asistiendo a una cantidad de fenómenos que van surgiendo cada vez más aceleradamente: En general, los problemas, en vez de poder resolverse, se van agudizando, mientras los sistemas comienzan a deteriorarse. El crimen se vuelve incontenible, cada vez se requiere más cárceles y la “rehabilitación” se vuelve una palabra ilusoria. Se produce una diferenciación mayor entre las clases sociales; los ricos se vuelven económica y políticamente más poderosos y los pobres cada vez más miserables y pasivos. La droga y el alcohol resulta un medio favorito de evasión de las angustias generadas por las presiones económicas y laborales y el empobrecimiento y explotación de la clase trabajadora. La política se vuelve patrimonio de una casta cooptada por la clase poderosa y cada vez más alejada de los intereses del pueblo. Las elecciones son manipuladas por la publicidad que es financiada por los poderosos. Los poderosos se tornan más inhumanos, codiciosos y abusivos. Los valores tradicionales, como la veracidad, la honestidad, el respeto, la lealtad, la generosidad, se corrompen en forma acelerada.


POLÍTICA TRASCENDENTAL


La esencia humana

            Si las formas como se materializa la política son relativas y surgen, se desarrollan y terminan en todas las sociedades y hasta en todas las civilizaciones, es necesario reflexionar sobre lo trascendental, en el sentido de universal y necesario, de la política. Si los fundamentos de la política son permanentes, es porque pertenecen a la esencia humana. Ésta proviene de las características que resultan de la conformación en el largo plazo del organismo biológico humano según el genoma común a la especie, de la inserción de dicha entidad en la realidad del universo y del sentido de la existencia de los individuos respecto a la realidad. La antropología  observa que la socialización en los primates es natural, porque es una ventaja adaptativa del orden primate. Las características de la socialización de la especie humana es una de las causas la política.

La naturaleza es el ámbito de la existencia de la humanidad y los seres humanos somos parte de la naturaleza. La naturaleza se rige por sus propias leyes y si nosotros queremos entender lo que allí ocurre, debemos comprender estas leyes. Las cosas del universo no han llegado como son desde la eternidad y no son inmutables. Las cosas que existen en la actualidad son producto de una larga evolución, del mismo modo como las cosas del futuro serán distintas de las actuales. Esta característica es válida también para las cosas sociales y políticas, como estados, parlamentos, leyes, naciones, democracias, mercados, propiedad, etc. Las cosas del universo no tienen una existencia ideal, sino que de lo posible; y lo posible tampoco se alcanza plenamente. En tanto realidades concretas estas cosas no son perfectas ni corresponden a un patrón ideal, siendo siempre perfectibles, y también pueden degradarse y hasta desaparecer. Lo posible emerge en el conflicto de la infinita multiplicidad de fuerzas que intervienen en cualquier estructuración. La posibilidad de la existencia de un león depende de su capacidad para matar cebras, gacelas y antílopes. La posibilidad de la existencia de una nación depende de su capacidad para ocupar un territorio, mantenerlo independiente y defenderlo de sus vecinos. El paraíso del Edén de nuestra biosfera es descrito mejor por las leyes naturales que rigen los ecosistemas que por el libro del Génesis, y en dicho paraíso cada ser viviente es una inocente presa y un letal depredador a la vez.

Charles Darwin (1809-1882) nos enseñó que los seres vivientes han evolucionado según la selección natural. Esto significa que la habilidad para sobrevivir y reproducirse de un organismo viviente depende de su capacidad para ser más eficiente en procurarse el sustento y protegerse de las amenazas. Si un organismo nace a la vida es porque sus progenitores sobrevivieron y se reprodujeron. Sabemos que estas características fundamentales se transmiten genéticamente y evolucionan en las distintas especies biológicas para ser aún más eficientes. El organismo que nace las posee y su acción durante su existencia se comprenderá por estas funciones decisivas. Para Herbert Spencer (1820-1903), en la lucha sobrevive el más apto, y esta aptitud se refiere a la capacidad individual para sobrevivir y dejar descendencia. La supervivencia es entonces un estado tensional entre la vida y la muerte, entre el desarrollo y la decadencia de un organismo en un medio ecológico determinado o ecosistema. En términos existencialistas, es la lucha por la existencia que exige un esfuerzo por ser y un rechazo a la nada.

La reproducción es el mecanismo que la evolución biológica ha diseñado para que las especies puedan prolongarse en el tiempo y propagarse por la biósfera sobre la base de la satisfacción sexual de los individuos bisexuados que la componen. Así, mientras la satisfacción de los apetitos es funcional a la supervivencia, la satisfacción de los instintos sexuales  ̶ también maternales ̶  es funcional a la prolongación y propagación de la especie. Estas características que rayan la cancha para todos los organismos vivientes no son enteramente válidas para nosotros como seres humanos. Sabemos que nuestra inteligencia es capaz de idear modos para depredar en todos los nichos ecológicos si ve allí alguna utilidad. Además, nosotros aprendemos a deleitarnos con todas las sutilezas que permiten satisfacer nuestros apetitos más nimios. Esto es cierto, pero no es toda la verdad. Nuestra capacidad de pensamiento racional y abstracto no sólo nos ha posibilitado ser la especie biológica con mayor éxito en cuanto a su depredación y ocupación de nichos ecológicos, sino que nos ha permitido dar el gigantesco paso entre una tropa de primates y una sociedad humana, entre el determinismo biológico y la civilización, entre una comunicación emotiva e instintiva y la cultura, entre el saber instintivo y el conocimiento acumulativo.

Si lo que fundamenta la estructuración política son nuestras tendencias centrífugas y de apertura que se asentaron genética­mente en el largo curso de la vida tribal de nuestros antepasados, la estructuración económica surge de nuestras tendencias centrípetas que son propias de la funcionalidad fundamental en tanto organismo viviente que lucha por la existencia. La estructuración socio-política-económica es fruto de nuestra inteligencia que persigue nuestros instintos de supervivencia y reproducción a través de nuestras tendencias de solidaridad y cooperación y de libertad y autodeterminación. Una estructuración tal que satisfaga estas dos duplas de anhelos podría encarnarse por largo tiempo sin provocar los dolorosos conflictos sociales a los que nos hemos habituados.

Lo posible puede ser imaginado por un ser humano y puede constituirse, más que en una aspiración, en un proyecto para su acción intencional. Un ser humano no sólo puede conocer la realidad con mayor o menor verdad, es decir, con mayor correspondencia entre su idea y la realidad, también puede imaginar realidades posibles, las que pueden ser más o menos apetecibles. Un ser humano puede comunicar esta imagen o esta idea de una realidad posible y compartirla con los demás miembros de su comunidad. La política trata de la acción social para hacer de lo posible y lo apetecible una realidad.

A diferencia de los primeros filósofos griegos, quienes centraban su interés en la naturaleza física del universo, los pensadores contemporáneos están imbuidos en la problemática socio-política-económica, muchas veces motivando la acción social, política y económica, y han dejado para los físicos y biólogos los problemas filosóficos de la naturaleza, como si fuera un apartado del cuerpo del saber que poco tiene que decirnos acerca de las cosas que aparentemente más nos afectan o que creemos que más podemos afectar. Sin embargo, tanto los asuntos físico-químico-biológicos como los socio-político-económicos pertenecen de hecho al mismo fenómeno del universo, respondiendo a sus mismas leyes. Existen no obstante dos diferencias entre ambos ámbitos de fenómenos: 1. En los segundos interviene la intencionalidad humana y se desarrollan en escalas de gran complejidad, y 2. También los segundos están sujetos a un devenir extremo en comparación con los primeros, por lo que resulta muy difícil hallar conceptos más estables para describirlos.

La intencionalidad, que es una característica tan humana por provenir del pensamiento abstracto y racional de cada persona, en cuanto factor causal de los fenómenos socio-político-económicos, es capaz de distorsionar hasta la lógica más sensata y escurrirse insidiosamente en las doctrinas más cerebrales, haciendo imposible que las ciencias sociales lleguen a tener la misma certeza que las ciencias naturales. Muchas veces, cuando queremos explicarnos los movimientos políticos y sociales, suponemos que existe una racionalidad perfectamente discernible, objetiva y que trasciende lo subjetivo, cuando lo que se encuentra es, en la mayor parte, pasión, orgullo, envidia, temor y codicia. Ciertamente, al ser humano no se le puede encasillar en cuanto causa determinista, o cuando menos probabilística, dentro de los fenómenos que estudian las ciencias sociales. En su calidad de actor libre y social él no sólo es capaz de los mayores sacrificios por el bien del prójimo, sino que lo frecuente es que induzca o simplemente obligue al prójimo a los mayores sacrificios por el bien de sí mismo. Pero si sólo fuera un agente únicamente egoísta, se le podrían aplicar parámetros normativos deterministas y ser analizado como cualquier otro fenómeno (físico o biológico) de la naturaleza. El problema que se interpone para conseguir que las ciencias humanas sean más exactas es que el ser humano es también capaz de amar intensamente y de actuar sin el más mínimo interés egoísta. En realidad la acción humana es una combinación de factores contradictorios. Ella es tanto individual como social, es tanto moral como ética y legal, es tanto privada como solidaria, es tanto egoísta como altruista, es movida tanto por la sensatez como por la locura, es el producto tanto de la mayor sabiduría como del mayor desatino.

La sociabilidad

Los homo sapiens existimos como especie en el planeta a partir de hace 200 mil a 100 mil años. Este ha sido un tiempo suficientemente largo para que ciertos comportamientos hayan sido incorporados en el genoma humano, ya que constituyen significativas ventajas evolutivas. Durante dicho tiempo la organización de los humanos fue tribal. La tribu surgió de la distintiva tropa de primates y homínidos cuando el homo se volvió sapiens. Sólo en los últimos 10 mil años de nuestra existencia, tras la revolución agrícola-pastoril, las tribus se transformaron en comunidades, que heredaron el comportamiento tribal. El problema fue que esta nueva actividad económica generaba cuantiosos excedentes, lo que no ocurría con la actividad anterior de caza y recolección. Un campesino podía trabajar para producir alimentos para sí y para su familia y también una cantidad similar de excedente. Pronto, poderosos individuos codiciaron estos excedentes y sometieron a los campesinos para apropiárselos y hacerse más poderosos aún. Surgieron así ciudades, religiones con sacerdotes, cuerpos militares, burocracia y reyes que procuraban extender sus dominios.

En la primitiva tribu la acción del individuo es solidaria y cooperadora. Contrariamente a la ideología del individualismo, estas características antropológicas de nuestra esencia humana no deben ser omitidas en una sana concepción de la política. En la tribu cada cual es atendido por los otros según sus necesidades y cada cual entrega sus esfuerzos a los otros según sus capacidades; cada individuo es sujeto de cariño y respeto. La tribu fue el antecedente de toda estructuración sociopolítica ulterior. Cuando el mundo político evolucionó a sociedades más complejas, la mentalidad tribal siguió gravitando, quedando siempre pendiente en estas nuevas estructuraciones sociales la cuestión de la real extensión de la tribu y de cuáles grupos sociales son rivales y antagónicos. En nuestro mundo contemporáneo de grandes masas poblacionales y de múltiples y diversas funciones la idea de nación encarna el deseo de identificación tribal. Pero para que esta gran unidad social llegue a funcionar, las diferencias y particularidades grupales y tribales debieron ser opacadas por una poderosa identidad nacional. En una escala superior a la nación, es posible que algún día llegue cuando las diferencias y las rivalidades nacionales, que motivan tantos conflictos, algunos hasta catastróficos, puedan ser superadas en una identidad global que respete las diferencias y las particularidades locales.

La vida en sociedad es tan esencial para los seres humanos como el propio medio natural. Un ser humano sobrevive y se reproduce junto con otros seres humanos tanto en una comunidad de intereses como en un medio de recursos escasos. Por otra parte, un ser humano se asocia naturalmente con otros para compartir, y se disocia naturalmente para competir. Por la primera tendencia se identifica con un grupo. Por la segunda, se distingue de otros grupos. A algún igualitario muy bien intencionado le gustaría imaginar el tejido social de todos los seres humanos como un continuo homogéneo de individuos, todos iguales, en una amplia y natural fraternidad, habitando libremente la superficie de la Tierra, cada uno dando según sus posibilidades y recibiendo según sus necesidades. Por su parte, otro, sin duda mucho menos ingenuo, no podría imaginar continuidad alguna, sino que vería hondas separaciones longitudinales y transversales que dejan espacios dentro de los cuales los individuos se agrupan tanto que generan espacios que los segregan de otras agrupaciones. En esta imaginería podríamos suponer que las separaciones longitudinales son divisiones geográficas naturales y dividen al gran conjunto de los individuos en naciones que ocupan territorios definidos, compartiendo etnia, religión y cultura, en tanto que las transversales son divisiones principalmente económicas y disocian al gran conjunto de individuos en clases sociales.

Es explicable que los seres humanos se dividan en naciones. El compartir un territorio común significa probablemente compartir también un mismo origen, una misma cultura y una misma etnia, fenómeno que los nacionalismos han puesto como el punto de partida de sus fóbicas ideologías. Todas estas características posibilitan la comunicación y principalmente la adquisición de una sólida identidad nacional. Lo que cuesta más entender es por qué los individuos de una misma nación están segregados por cuestiones sociales, cuando la proximidad natural junto con las permanentes oportunidades para dialogar, afines a la cooperación, debieran producir una intensa asociación entre iguales.

Nuestra psicología social debe mucho a nuestro pasado tribal. En primer lugar, en los tiempos prehistóricos un individuo no sólo se identificaba con su tribu, sino que tenía conocimiento personal de todos sus miembros, normalmente de treinta a sesenta individuos. Recíprocamente, él era también aceptado y tratado personalmente, querido y respetado. Tribus vecinas, merodeadoras en los mismos territorios, eran consideradas como una amenaza y, por tanto, como enemigas potenciales, máxime si pertenecían a otras etnias y culturas y si no tenían vínculos de sangre. En segundo término, en su calidad de organismo biológico un ser humano persigue fundamentalmente sobrevivir y reproducirse, y experimenta que su ámbito social le resulta funcional para sus aspiraciones vitales. Tercero, el peligro sanitario de la endogamia, el comercio y la natural sociabilidad humana propulsaban el acercamiento entre tribus. Probablemente, una tribu tenía una mayor identificación con la ocupación de un territorio particular que con la explotación particular de recursos.

En el juego social, existe naturalmente una gran medida de interés individual, puesto que cada cual funciona en favor de su propia supervivencia y reproducción. También allí existen poderosos intereses de grupo, ya que los individuos se identifican con naciones cuando ocupan un mismo territorio y con clases sociales cuando genéricamente poseen similar actividad económica. La expresión cultural de estos intereses tan variados se oculta tras una articulada estructura ideológica. Podemos suponer que una ideología no es más que el disfraz mental de la codicia de una particular nación-clase social que persigue modificar ya sea el equilibrio de poder internacional o el medio social nacional para que se adecue mejor a los propios intereses del grupo social en cuestión. En este esquema las alianzas se pueden buscar ya sea en la nación si lo que se persigue es un predominio internacional, ya sea en las clases similares de otras naciones si lo que se busca es establecerse más sólidamente en el propio territorio.

Hacia la sociedad 

El beneficio que otorga la tribu al individuo fue decisivo. Tal como la familia se estructura naturalmente en respuesta a la satisfacción de los instintos de reproducción y crianza paternales, que permiten la supervivencia infantil y su crianza, la sociedad se estructura en respuesta a la satisfacción de los instintos de supervivencia y reproducción, de necesidades de subsistencia colectiva a través de la cooperación y la solidaridad, y de necesidades de comunicación y de compartir experiencias y conocimientos. Aunque la tribu no podía subsistir por siempre, ya que se vio superada por organizaciones sociales mucho más extensas, el comportamiento tribal es parte de nuestra naturaleza social. A medida que aumentaba la población y los modos de producción se hacían más diversos después de la revolución agrícola-ganadera, la organización tribal fue siendo superada por la aparición de estructuras sociales más complejas y heterogéneas.

Dos órdenes de fenómenos resultaron relevantes en la historia de la estructuración social humana y que aparecieron ya en la misma escala de la tribu. Uno de ellos es el esfuerzo de los individuos por diferenciarse del grupo y adquirir identidad propia, que es reafirmada al entender que la acción intencional y libre es naturalmente anterior al orden social. El otro es la búsqueda de identidad en sociedades cada vez más complejas, que abarcan en la actualidad enormes y heterogéneas masas poblacionales, ya muy distintas de las primitivas tribus, pero con las mismas funciones primigenias fundamentales, que son tanto la cooperación solidaria como la seguridad para sobrevivir y reproducirse dentro de un orden normativo. Probablemente, la historia humana puede ser considerada como un permanente esfuerzo para reivindicar los derechos de la persona, que busca un entorno material acorde con su propia fisiología y psicología, mientras que la sociedad se va tornando cada vez más compleja y más absorbente dentro de un sistema legal de mayores derechos y obligaciones.

Actuamos a través de la acción solidaria y de cooperación cuando reconocemos que el otro pertenece de alguna u otra manera a mi grupo. Esta acción que relaciona a los seres humanos entre sí no es de la exclusividad humana. Nuestro pasado cazador nos obligó a ser cooperativos, pues, tal como los lobos, nuestros antepasados cazaban ocasionalmente presas grandes y difíciles que requerían el reconocimiento de un orden social para la acción conjunta. Resulta contraria a nuestra psicología natural la imposición que la economía de mercado exige de una actitud competitiva, individualista y egoísta que debemos asumir culturalmente en contra de nuestra tendencia natural solidara y cooperadora. Nuestra acción solidaria resulta en una acción de ayuda, no necesariamente hacia un igual, sino a menudo hacia un desvalido. No siempre esta acción es evidente, considerando la cantidad de gente desamparada. Ambos tipos de acciones sociales fueron sin duda ventajas adaptativas en la larga evolución hasta fructificar en hombre moderno.

Una intensa fuerza individual relacionada con su propia supervivencia y que tiene por finalidad su propia inserción dentro del grupo es la necesidad de ser aceptado y reconocido por sus miembros. Del mismo modo como la agresividad se expresa en gestos de amenaza, la necesidad de inserción en el grupo se manifiesta en gestos de apaciguamiento. El mismo egoísmo individual existente tras la aceptación y reconocimiento del otro está requiriendo justamente al otro. En general el egoísmo tras la necesidad de la supervivencia individual es una fuerza poderosa que emplea la especie humana para su propia prolongación. En este sentido debemos considerar que si el individuo no actúa para sobrevivir, el grupo social no puede subsistir. Los individuos que componen un grupo morirían prematuramente, no tardando el mismo grupo en consumirse y la especie en desaparecer. Si esta fuerza está siempre presente en cada individuo, lo es porque la perpetuación de la especie así lo exige; y esta segunda fuerza es anterior y determinante: la supervivencia de los individuos asegura la prolongación de la especie. En consecuencia, debemos concluir que el egoísmo es una fuerza necesaria y positiva en el esfuerzo por la supervivencia individual.

Los seres humanos nos comportamos como una especie animal territorial tanto individual como colectivamente. En consecuencia, la agresividad que manifiesta el egoísmo se emplea fundamentalmente en dos tipos de situaciones: en la defensa territorial o patrimonial y en el esfuerzo por obtener una ubicación mejor y más estable dentro de la jerarquía social. Una vez satisfecha la necesidad por una base material propia que permita la supervivencia y por un lugar en la jerarquía social, la actitud agresiva disminuye. Las cárceles están llenas de personas de baja condición social, no tanto porque han violado las normas legisladas por los poderosos o porque no posean el poder suficiente para defenderse, sino porque la precariedad y la inseguridad de su posición social y la carencia de condiciones materiales mínimas generan mayor agresividad en ellos y tienden a violar con mayor frecuencia las leyes de convivencia social.

El mecanismo de la evolución biológica favorece aquellas características que resultan ser más ventajosas para la prolongación de la especie. El ser humano ha evolucionado para ser generoso, colaborador, cooperador y solidario.  Estas características explican el comportamiento de los jugadores de un equipo en un partido de fútbol junto con la intensa emoción de los hinchas (que no es otra cosa que una guerra tribal simbólica y ritualizada), la coordinación en el trabajo en una fábrica, la discusión política en un parlamento o la acción de los combatientes de un bando en una cruenta batalla. Para todas las actividades sociales que se centran en alcanzar un objetivo común, los seres humanos tenemos la aptitud natural para repartirnos tareas, someternos a la autoridad reconocida y coordinar la acción.

Marx atribuyó esta lucha que rompía la anhelada unidad social-tribal a la existencia de explotadores y explotados, indicó que esta división es causada por la propiedad de los medios de producción por parte de los explotadores y propuso la socialización de la propiedad para llegar a una sociedad sin divisiones tribales, que él llamó comunismo. La lucha política más democrática tiene por ideario la justicia social y el bien común como requisito para la paz social, y esa lucha es permanente. En vez de la lucha de clases la convivencia nacional tal vez se pueda lograr en una escala supra-tribal que se fundamente en la inclusión social y la tolerancia y el reconociendo que los individuos tienen una igualdad natural y, como personas, poseen fines que trascienden la sociedad.

La antisociabilidad

Es posible observar que, mientras dentro de una misma tribu, cada individuo es sujeto de cariño y respeto, entre tribus distintas existe antagonismo y rivalidad. En forma paralela al espíritu de cooperación y solidaridad también adquirimos el espíritu de agresividad y belicosidad. El primero era requerido al interior de la tribu. El segundo, frente a otras tribus. La actividad demandada por la supervivencia de las comunidades tribales de cazadores-recolectores consume prácticamente la totalidad de las energías disponibles. La guerra constituye un lujo si no rinde dividendos inmediatos; puesto que casi no existen riquezas que codiciar (excepto por las hembras, los cotos de caza y áreas de recolección), la guerra pudo haber sido una actividad prácticamente desconocida en muchas zonas geográficas.

La acción de la razón

Si de la primitiva estructuración tribal no ha derivado natural ni históricamente una estructura social y política de paz y justicia, sino que todo lo contrario, se ha debido en especial a la estructuración económica, uno de cuyos más poderosos motores es la codicia y el egoísmo extremo. No obstante, la estructuración social y política no depende exclusivamente de condicionamientos genéticos de socialización ni de condicionamientos psicológicos ciegos puramente egoístas. La razón humana tiene la capacidad para imaginar y crear estructuras más justas y más humanas que persiguen tanto el bien común como la obtención de aquellas características que permiten la libertad, la igualdad y la fraternidad de los individuos. La historia de la civilización no es otra cosa que los distintos esfuerzos realizados para construir una sociedad que permita mayores grados de manifestación de las inquietudes humanas, las que se expresan como derechos humanos.

En el desconocimiento de las complejas instituciones de la estructura política a las teorías conspirativas, en boga, le es fácil suponer al vulgo que las decisiones que afectan a la estructura socio-política y a sus millones de individuos sean tomadas por alguna mente inescrutable o un grupo que actúa tras bambalinas, cual “eminencia gris”. Por otra parte, nadie desea que un gobierno sea tan impersonal que se salga del margen de la racionalidad humana. De ahí que muchas veces pareciera que no es tan importante de dónde realmente procede la autoridad que inviste al poder político como que su cabeza sea reconociblemente humana, de modo que tenga mayor posibilidad de ser interpelada que de ser objeto de honores.

No existe consenso entre los estudiosos de la política que los mecanismos que pueden asegurar la paz, el orden y la justicia social deban ser controlados necesariamente por la acción del Estado. Algún creyente en el ordenamiento jurídico supondrá que las leyes pueden por sí mismas llegar a establecer dichas condiciones. Adam Smith (1723-1790), por su parte, creyó que si cada cual actúa para sí mismo, bajo el imperio de la ley de la oferta y la demanda, se asegura la paz y el orden social. Marx, como vimos, hizo hincapié en la abolición de la propiedad privada de los medios de producción para terminar con la lucha de clases. Del mismo modo como de la tribu se ha transitado a la ciudad-Estado y al imperio, y de éste a la nación-Estado moderno, sin omitir las raíces biológicas-antropológicas de la tribu que determinan nuestro comportamiento, pienso que una condición para superar los conflictos sociales que separan naciones y clases se encuentra en una correcta estructuración de aquellas unidades contradictorias en una escala superior. Al menos, la esperanza que tenemos los humanos de un mundo mejor es siempre posible si nos esforzamos en construirlo con un gran respeto por la vida, la libertad, la justicia y la naturaleza.

El origen de la política

La filosofía política arguye que la política gira en torno al poder. Si el poder es la capacidad para dominar e imponer la voluntad propia a otro, el poder político trata de tal capacidad para dominar un grupo social o una sociedad entera. La cuestión que determina la justicia del poder es sobre su legitimidad. No cabe duda que esta legitimidad la tenga los padres siempre que sea de beneficio al hijo y nunca será legítima entre los cónyuges ni en el amo respecto al esclavo. La autoridad política es legítima cuando su voluntad representa la voluntad de la mayoría y es ilegítima en todas las otras circunstancias. Contrariamente a la idea de Thomas Hobbes (1588-1679) de identificar el Estado con un Leviatán, que está en el fondo de la ideología política del empirismo inglés y por la cual el Estado es temido, sirviendo sólo para proteger la propiedad privada, la razón es que el poder político legítimo tiene dos objetivos políticos: 1º promover, proteger y defender los derechos humanos de los individuos y 2º ejecutar el bien común según lo determinen los ciudadanos.

La política se inserta, no en la voluntad despótica de un tirano, sino en el centro de las actividades de una sociedad. Una sociedad está compuesta por individuos que, mediante su voluntad, actúan con libertad en el logro de sus propios objetivos. La política trata de ordenar, dirigir, orientar y aunar la diversidad de las voluntades de los individuos o al menos una mayoría de éstas hacia el bien común, acordando con éstos o representando sus voluntades en objetivos comunes de acción que puedan ser de beneficio para todos y donde pueda imperar la justicia. La autoridad proviene de los individuos y es encargada a un representante de esta “voluntad general” para ejecutarla. La fuerza requerida debe provenir de los mismos individuos ya sea directamente o por delegación.

El liderazgo

La figura etológica del “macho alfa” se puede observar en tropas, manadas y jaurías. En las sociedades humanas surge naturalmente la figura del “líder” o gobernante. En una sociedad éste es reputado por su desempeño y capacidad para dirigirla en pos de una mayor protección, libertad, eficiencia, mejoraría de las condiciones materiales o un nuevo desafío. Sus seguidores o gobernados le entregan a cambio lealtad, confianza, obediencia y reconocimiento, siempre que aquél sea fiel a su mandato. Sin mirar sólo su propio interés, los individuos delegan, no su autonomía, sino su capacidad de determinación en el ámbito colectivo mediante un gesto como aclamación, votación, adherencia para que el líder los representante, guíe, oriente, ordene y determine el curso de la acción política y lo que debe ejecutarse. Éste no es un enviado divino ni posee ciencia infusa, sino que se debe a los gobernados, quienes lo eligieron y ante los cuales es responsable. Él ejerce el poder político en representación de la voluntad de quienes lo designaron. Como contrapartida, los representados pueden desplegar controles fiscalizadores eficaces sobre sus representantes, no debiendo limitarse a no reelegir a aquella autoridad que no ha desempeñado su tarea como fue su compromiso.

El poder tiende no sólo a corromper al gobernante, sino a producirle locura. Muchos individuos pierden la cordura cuando adquieren poder, llegando, por una parte, a creerse omnipotentes, indispensables, imprescindibles y sabios y, por la otra, a sufrir paranoias persecutorias. Las virtudes y los defectos humanos se manifiestan en toda su grandeza o en toda su miseria cuando un individuo tiene poder, como si éste amplificara sus fortalezas y debilidades. El poder es ansiado tanto para ser aceptado como para servirse de él. Quien lo detenta tiende a pensar que su acción es genial, a suponerse merecedor de todo honor y gloria, a creerse designado por la historia o por el mismo Dios, a presumir que posee una misión que trasciende lo contingente. Además de la locura, la soberbia muchas veces ciega al poderoso.

Por otra parte, los gobernados tienden a magnificar al gobernante del mismo modo como un club de fanáticos lo hace con su cantante favorito. La plebe tiende a ser maravillada y, por tanto, engatusada. Existe una necesidad psicológica de los gobernados a aclamar a los líderes y entregarles la autoridad sin reservas. Pertenece a una actitud infantil que necesita proyectar en el gobernante la imagen de padre protector y proveedor. La locura arrastra multitudes, y una persona más sensata y cuerda difícilmente tiene el carisma que las pueda llegar a entusiasmar. Una democracia basada en reglas justas y racionales no debería ser construida por multitudes insensatas y la condición para no ser embelesados por un simple mortal que es esconde tras la fachada carismática de un líder supuestamente inmortal es que el grueso de los ciudadanos sea responsable y esté muy consciente de lo que está en juego. Una sociedad madura es un asunto de personas responsables, instruidas e inteligentes, y no de pobladas emotivas.

La justicia

La justicia surge de la recta razón humana que debe regir toda decisión humana y política en relación con otra persona y debe ser el principio ordenador del orden político y social. El fundamento ético de la política lo definió el jurista romano,  Domicio Ulpiano (170-228), en la afirmación: “Dar a cada uno lo suyo”, que es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo que le corresponde de acuerdo a lo razonable y equitativo. La justicia es una virtud que reside en la voluntad y la objetividad de cumplir y respetar el mandato del derecho y depende del conjunto de valores esenciales sobre los cuales debe basarse la política en una sociedad y el Estado, que son el respeto, la equidad, la igualdad y la libertad. “Cada uno” es el otro, que es una persona distinta e independiente al que practica la justicia, habiendo igualdad entre ambos y sin tener ningún tipo de discriminación o preferencia hacia ninguna persona. La justicia no es el dar o repartir cosas a la humanidad, sino el saber decidir a quién le pertenece algo por derecho. Aquello que se debe dar a cada uno es primordialmente sus derechos humanos; el cariño que cada uno merece pertenece más bien al ámbito familiar y de relaciones personales. En definitiva, la verdadera justicia es el arte de dar a cada uno lo suyo (o hacer a un individuo dar lo suyo a otro), según los principios del derecho, lo cual debe hacerse sin discriminar ni mostrar preferencia alguna por nadie, ya que todas las personas deben ser tratadas por igual.



RECAPITULACIÓN



El origen de los instintos de supervivencia y reproducción del ser humano se pierde en el tiempo. No obstante, su origen inteligente y afectivo surgió en el ambiente de la tribu, ya que inteligencia y tribu son complementarias. La tribu se prolongó por largo tiempo (unos 200.000 años), dejando una imborrable huella en nuestro genoma relacionada con la solidaridad y la cooperación, el reconocimiento de liderazgo, la honra de la palabra empeñada, la veracidad. Pero este genoma portaba ya de sus  antecesores primates hondos caracteres territoriales y agresivos que devinieron en constantes luchas bélicas y frágiles alianzas inter-tribales. Con la revolución agrícola-pastoril, ocurrida hace unos diez mil años atrás, la tribu devino en comunidad. Los seres humanos pasaron de cazadores-recolectores a agricultores-pastores).

Sin embargo, la abundancia producida generó codicia y el surgimiento de reinos e imperios que sometieron y dominaron a las comunidades. Éstas pronto se transformaron en sociedades debido al nacimiento de artesanías, minería, transportes, comercio. Pero también surgieron castas de dominio y poder, como la sacerdotal y la militar. Este orden, que Marx describió como la contradicción entre explotados y explotadores, persistió con la creación del Estado moderno, por mucho que se buscara que la razón encauzara la sociedad por el camino de la justicia y el conocimiento, representada por la república y la democracia. Violando este ideal propio del racionalismo, la Revolución Industrial, surgida hace un poco más de dos siglos y con pretensiones de satisfacer las necesidades humanas y liberar a los seres humanos del esfuerzo y la obligación de trabajar, acentuó la lucha de clases y el orden injusto, que ahora era entre capitalistas y trabajadores, elevando al poder y la riqueza a la burguesía, mientras el proletariado se veía forzado a aceptar un nuevo tipo de esclavitud. El general reconocimiento (inducido gracias al poder de los propietarios) de la propiedad privada  ̶ que se refiere a la propiedad asignada a individuos y es destinada a producir mayor riqueza, que es muy distinta de la propiedad personal que cada individuo usa en para su vida diaria ̶  contravino esta racional pretensión. En la actualidad asistimos al fin de los tiempos, que es marcado por el colapso del capitalismo, una devastadora guerra y los Tres Días de Oscuridad.

Hace 2000 años, el transcendental hito en la historia humana fue la vida pública de Jesús y la proclamación de su Evangelio, que se centró en describirnos el Reino de Dios y la salvación personal y eterna. Ésta se alcanza con la muerte a través de ejercer el amor y la justicia en vida. Muy pronto, el mensaje de Jesús fue distorsionado por Pablo. La Iglesia que él fundó pretendió erigir un poder político espiritual. Realmente, éste ha sido desde siempre un verdadero poder temporal que corre paralelo al de los soberanos seculares. Así, a veces la Iglesia se ha valido del poder secular para llevar adelante sus intereses hegemónicos que se ha expresado como la expansión misional, las cruzadas, la educación; a veces ha ocurrido lo contrario, como la Inquisición española, la conquista y las diversas guerras emprendidas por el poder secular valiéndose de la religión. Frecuentemente, en el colmo de la intolerancia y la necesidad de dominar y someter, las religiones, incluyendo el cristianismo, han instado a teñir de sangre y brutalidad la historia humana.

Sin embargo, debe subrayarse que la Iglesia ha sido el vehículo bastante mediocre que Dios usa, para transmitir el mensaje evangélico de amor, justicia y paz, y que en su historia bimilenaria ella ha logrado, aunque en una mínima cuota y a pesar de ella misma, compasión en los conflictos humanos y también influir en la institucionalidad política, como la democracia y los derechos humanos. La notable fortaleza del Evangelio está en que propone a todos los seres humanos un sentido de vida, no inmanente, sino transcendente. En una vida con solo perspectiva inmanente  ̶ que se mantiene dentro de sí misma ̶  el disfrute de los instintos de supervivencia y reproducción es acentuado por la inteligencia. En cambio las personas que entienden que el ser humano es un animal transcendente  ̶ ser más allá de la existencia biológica ̶ , buscarán la vida eterna, se negarán a sí mismas, rechazarán lo vano del poder y la riqueza y se centrarán en Dios. A pesar de que ellos serán buenos ciudadanos, la institucionalidad política no será justa ni pacífica mientras no exista una mayoría de personas que crea en un sentido de una existencia en la transcendencia.

Lo anterior está por cambiar con el advenimiento del Milenio, que es la era que reemplazará el “fin de los tiempos” y los tremendos y milagrosos eventos que lo acompañan (la guerra y los Tres Días de Oscuridad). Con su insalvable injusticia y perversidad el ser humano habría torcido el designio divino y si está presente en la historia humana, Él habría determinado realizar una corrección de timón. En el Milenio, el gobierno estaría dirigido por y según lo la divinidad y la gente tendría la transcendencia como objetivo de su vida. Vivirá una era dorada de mil años.  El ser humano está llamado a dominar sus instintos de supervivencia y reproducción, no sólo por su razón y voluntad, sino por su creencia en transcendencia y su fe en Dios.




32. LA GUERRA




La guerra es un fenómeno sociopolítico que no está asociado directamente a la esencia humana, sino al comportamiento moralmente perverso de algunos individuos.


La guerra es el conflicto socio-político más grave entre dos o más grupos humanos, más o menos masivos y organizados, que se enfrentan de manera violenta, utilizando armas mortales y destructivas, para dirimir una disputa socio-política, consistente en el control de recursos naturales o humanos, la expansión o la defensa territorial, la imposición de tributación, control, dominio o sometimiento, o el despojo, la esclavización o la destrucción del enemigo. La guerra es una experiencia humana límite de todos los pueblos, naciones, culturas y edades y determina la supervivencia, la servidumbre o la extinción de un grupo social o un pueblo. Según Karl von Clausewitz (1780-1831), la guerra es “la continuación de la política por otros medios”. La guerra es una conducta humana relacionada con la noción de territorialidad y que probablemente se origina en sus antepasados homínidos.

Las distintas naciones o grupos y clases sociales no son necesariamente antagónicas. No obstante son muy recelosas entre sí, considerándose mutuamente como potenciales amenazas. La causa de esta conflictiva relación debe buscarse en el hecho de que las relaciones internacionales están mediatizadas por Estados que no tienen la misma racionalidad que los seres humanos, quienes, individualmente, no sólo no son naturalmente agresivos, sino que buscan relacionarse y compartir. El problema proviene del hecho que los individuos, buscando ser reconocidos, se identifican con un grupo social o una nación particular y se diferencian simultáneamente de los individuos de otros grupos o naciones; al querer pertenecer y ser aceptados, ellos se distancian del resto de los grupos y los considera rivales; al desear ser incluidos, excluyen a quienes son reputados de distintos.

En este ambiente de disociación, cualquier conflicto tiene la potencialidad para derivar en una guerra por la causa más nimia. Aunque necesariamente no exista antagonismo, no es infrecuente que la rivalidad supere la capacidad de entendimiento y cese el interés por arreglar las diferencias pacíficamente, dando lugar a un enfrentamiento bélico. Las humanas señales de paz y cooperación se diluyen con el distanciamiento. La historia humana muestra un sinnúmero de episodios bélicos, como si la guerra fuera parte de las relaciones internacionales normales. Cuando el estado nacional se encuentra debilitado y existe brechas sociales profundas, lo que vale para las relaciones entre naciones se hace extensivo a las clases sociales. Ello es parcialmente verdadero, pues, por una parte, toda nación valora la seguridad, y para prevenir los riesgos y las acciones de amenaza por parte de naciones belicosas que están dispuestas a guerrear, una nación erige sistemas de defensa. Por la otra, no se puede ignorar la existencia de naciones verdaderamente belicosas, que hacen de la guerra su política internacional y parte de sus valores culturales y éticos más preciados, aunque todo ello se disfrace de buena voluntad e intenciones pacíficas y humanitarias.



LAS FUERZAS ARMADAS



Para la guerra se organizan estructuras de combate, que son los ejércitos. Éstos son extremadamente funcionales para el empleo del poder bélico al poseer estructuras de verticalidad de mando, no-deliberación de sus componentes y obediencia ciega, enorme poder, dedicación completa, grandes recursos, además de su inherente secreto, disimulación y engaño. Mientras que sus integrantes se sienten imbuidos de todas las virtudes que otorgan la valentía, la gallardía y la caballerosidad, que en alguna época legendaria defendía viudas y huérfanos.

El objeto de una fuerza armada es primariamente disuadir al potencial adversario y vencerlo si se desencadena el conflicto. Como anotaba Julio César (100 adC – 44 adC) en su Guerra de las Galias, los efectos de una derrota suelen ser absolutamente desastrosos para la integridad de un pueblo, siendo la paz  determinante para su estabilidad y permanencia. Una derrota debe ser evitada a toda costa. Por ello, la disuasión puede justificar estas estructuras bélicas dentro de una nación que persigue la paz. No obstante, la disuasión, como función política-militar perfectamente válida, trae involuntariamente de la mano la amenaza y el amedrentamiento; y cuando surge la demagogia, una nación o un grupo socio-político se suele valer de esta otra función para lograr sus oscuros propósitos en desmedro de los legítimos derechos del adversario, ahora investido como enemigo. También al verse amenazado el adversario aumenta su preocupación por la defensa, entrando ambos grupos en una espiral armamentista que consume preciados recursos.

En tanto estructura guerrera, una fuerza armada debe ser más poderosa que su potencial enemigo para vencerlo en combate, o al menos debe tener el suficiente poder para llegar a dañarlo severamente, de modo que éste piense dos veces antes de llegar al enfrentamiento. El poder proviene tanto de la superioridad numérica, el espíritu guerrero, la disciplina, la organización, la calidad del armamento y una estrategia efectiva. La tecnología moderna tiene el efecto de acrecentar el valor de la estrategia. A menudo se piensa de manera conservadora y tradicionalista que una estrategia efectiva consiste en imitar servilmente las formas más perceptibles de aquellas fuerzas armadas que fueron vencedoras, sin considerar que todo enfrentamiento es en gran medida inédito y no tiene modelos ni leyes, excepto la moral a toda prueba de sus soldados y el genio estratégico de sus conductores, como lo demostró el Viet Cong en la guerra de Vietnam de 1955 a 1975.

Es natural que un ejército se organice siguiendo el modelo de aquél que ha tenido éxito en la guerra. Hasta 1870, el modelo fue el ejército napoleónico que, entre otras características, se basaba en el reclutamiento nacional, lo que supone la idea de nación. Sin embargo, en la batalla de Sedán, el ejército de estilo napoleónico fue derrotado por el prusiano. Este había sido la creación de Federico Guillermo I Hohenzollern (1688-1740), el rey sargento, que lo había empleado para generar el Estado prusiano, y de paso había engendrado el militarismo alemán. La base de su ejército consistió no en la tradicional oficialidad que provenía de la nobleza, sino en profesionales formados en academias militares, quienes, solo por coincidencia, eran nobles. Además, Otto von Bismarck (1815-1898) implantó, a partir de 1862, el reclutamiento nacional obligatorio, incluso para tiempo de paz. Desde entonces, en la mayoría de los países las fuerzas armadas tendieron a estructurar establecimientos militares muy cohesionados, permanentes y gravitantes en los recursos nacionales.

Una fuerza armada es una organización que tiende a ser autónoma del estado en razón de su especial funcionalidad. En pos de constituir una eficiente maquinaria bélica, ella se separa del conjunto de la civilidad, la que es considerada con suspicacia y hasta como un adversario. También en pos de conferirle a su funcionalidad tan especial bases estables y duraderas, ella adopta estructuras que tienden a conservarla inmutable. Las fuerzas armadas han quedado muy separadas de la civilidad y muy ajenas de sus objetivos, como si fueran un estado dentro del estado, y con una subcultura impenetrable para los civiles, como lo fueron una vez los jenízaros en el Imperio turco. Por otra parte, los modelos más imitados por ellas constituían fuerzas armadas verdaderamente ofensivas, hechas para construir imperios, y no puramente defensivas y disuasivas, como el que un estado pacífico necesita organizar. Sin embargo, esta tendencia derrota su propio objetivo principal. Una guerra la ganan las fuerzas armadas más innovadoras, aquellas que consiguen crear configuraciones para las que sus oponentes son vulnerables, y que están compuestas por ciudadanos decididos a defender su nación.



LA GUERRA TOTAL



Las fuerzas armadas han ido adquiriendo en el curso de la historia mayor eficiencia ofensiva y defensiva. Desde el surgimiento de las fuerzas armadas nacionales y a partir de la Revolución industrial, en particular desde la Primera Guerra Mundial, las guerras han llegado a demandar el esfuerzo de toda una nación y a utilizar todos sus recursos. Todo lo perteneciente a una nación, exceptuando acaso y por convención los hospitales, ha llegado a ser considerado objetivo bélico. Aunque los civiles no son directamente combatientes, se estima que de alguna manera u otra contribuyen al esfuerzo bélico. El concepto de guerra total ha pasado a engrosar el vocabulario estratégico como algo natural y hasta inteligente. Arrasar y destruir vastas poblaciones civiles enemigas es parte de la estrategia militar y de lo éticamente aceptable. Se supone que abate la moral bélica del enemigo.

Incluso, la devastación del mundo es considerada por ciertas mentes políticas y militares como una posibilidad de un conflicto bélico que escale al uso de armas termonucleares. Algunos no vacilarían en apretar el botón del holocausto nuclear, como tampoco se ha vacilado en fabricar y acumular decenas de miles de ojivas nucleares, cada una de las cuales es más poderosa que todos los explosivos usados en el siglo XX. Gracias a la tecnología moderna, la gigantesca fuerza disponible para usos bélicos hace de los ejércitos tan destructivos que, si fuera utilizada, acabaría con ellos mismos, además de todo aquello que intentan defender. Lamentablemente, esto es posible. La historia ha registrado una actitud semejante en la del rey de Epiro y Macedonia, Pirro, cuando combatió en auxilio de Siracusa contra los romanos, en 278 a. C. La lógica de la guerra, como otras muchas lógicas, sigue indefectiblemente su propio camino a partir de insensatas e inhumanas premisas que se aceptan sin crítica alguna e irresponsablemente.



LAS CAUSAS GENERALES DE LAS GUERRAS



La antropología humana


La guerra es un fenómeno genético netamente humano que opera a escala socio-política. Psicológicamente, la especie humana es la única especie animal cuyos individuos rompen el equilibrio de conflicto motivacional de comportamiento intra-específico de ataque y retirada, de agresión y miedo, de amenaza y apaciguamiento. Solamente los seres humanos, de todas las especies animales, tiene la capacidad para planificar, proyectar y prever y también para mantener una actitud ofensiva hacia los miembros y grupos de nuestra propia especie. La ofensa, en tanto medio elegido maliciosa y premeditadamente, es la agresividad empleada para la obtención de un fin preconcebido egoístamente, aunque tal medida signifique destrucción, sufrimiento y muerte y viole los derechos más elementales de otro ser humano. Por ello no puede haber guerra justa, sólo es legítimo el derecho a la defensa; la ofensa agresiva no es otra cosa que la codicia, la envidia y la avaricia que no respeta los derechos ajenos. Esto ocurre porque el instinto de supervivencia domina sobre la razón y la solidaridad. No son pocos los individuos tan inmorales que estén dispuestos a asesinar a un semejante, son escasos los seres humanos moralmente formados que no estarían no sólo dispuestos a defender su vida y la de los suyos matando al agresor si la circunstancia así lo exige, sino sobre todo en matar a un agresor porque su grupo social así se lo pide. Pero ello ocurre en un ambiente de maldad, corrupción, inmoralidad, opresión y violencia.

Existen animales sociales que se matan entre sí, como en el caso de las hormigas y las abejas de hormigueros y panales vecinos. Pero estas muertes tienen lugar en batallas entre grupos distintos que disputan alimentos y territorios. En los seres humanos, los motivos para una guerra son similares a los casos expuestos, pero con los ingredientes de maldad y egoísmo, a los que se suman secundariamente la identidad social y las lealtades y fidelidades que antropológicamente se establecen a causa de nuestra herencia cazadora y tribal.

Estas características operan en diversas escalas: clasificando un grupo rival y antagónico como enemigo; proyectando en el supuesto enemigo las peores intenciones que el temor y el odio producen en uno mismo; cobijándose en la actitud gregaria del propio grupo, erigido en una unidad mayor que el individuo; inventando y produciendo sistemas de guerra (estrategias, armamentos, jerarquías de mando, unidades de combate) con racionalidad propia. Todos estos expedientes sociales y otros más son atractivos envoltorios para imponer a la identidad individual la actitud belicosa y agresiva de un determinado grupo social.

En una situación de guerra, la agresividad humana, función de capital importancia para la supervivencia, se vuelca desde una actitud normalmente constructiva y defensiva a una eminentemente destructora y ofensiva. No pocas veces las reglas que los antagonistas establecen para guerrear son desatendidas en la necesidad de vencer, o por el odio y el deseo de venganza que la agresión provoca. Entonces la guerra aparece como un medio que emplea los recursos de todo orden y de manera casi ilimitada para obtener una ventaja sobre aquel grupo social que se ha tornado en enemigo.


La psicología


La raíz de la guerra no la encontraremos en la psicología del ser humano en tanto persona, sino en tanto individuo, es decir, como parte de una estructura social. En esta perspectiva, la guerra es una actividad social y también cultural, como veremos más adelante, y se origina en la psicología del individuo en tanto parte de un determinado grupo social. Mientras todo ser humano persigue sobrevivir y tiene un profundo temor a la muerte, sabe que puede asegurar su supervivencia sólo como miembro de una estructura social, con la cual se identifica. Un grupo distinto se presenta como enemigo si amenaza con agredir o agrede de hecho al propio grupo. Incluso se puede proyectar psicológicamente dicha agresión, aunque no sea real ni esté siquiera en las intenciones del supuesto enemigo, sino en las propias intenciones y temores.

Corrientemente, las sociedades ambicionan las riquezas y los territorios de sus rivales. Desde tiempos antiguos se ha buscado esclavizar a individuos de otras sociedades o avasallar a un pueblo entero mediante una guerra de agresión e incluso con la amenaza de guerra. La primacía en el comercio ha sido fuente de guerras. El temor por el poder del adversario ha inducido a atacarlo bélicamente. Los nacionalismos apelan a bienes superiores al individuo como motivos para guerrear, como la grandeza de la nación y su legendaria historia, la conquista del espacio vital, la supuesta superioridad de la raza. En dichos casos, la sociedad pide al individuo que sea capaz de sacrificar no sólo su propio bienestar, sino su propósito fundamental de supervivencia y asumir un estado lleno de dificultades y riesgos, por la que sufre una catarsis psicológica.

Los individuos de un grupo social en estado de guerra necesitan proclamar un líder que encarne la voluntad de lucha para someterse a su autoridad. Sin embargo, por ser la guerra un estado extraordinario y usualmente desconocido, donde las pasiones abundan en detrimento de la razón, dicho personaje puede llegar a ser el más insensato de todos, bastándole con apuntar su dedo índice hacia alguna dirección y señalar un enemigo con emotivo desgarro. En el intento de cohesionar al grupo y hacerlo aparecer como víctima ante los neutrales, los individuos aceptan por completo el discurso ideológico propio y rechazan como erróneo y falso el del contrario. El grado de odio aumenta en forma proporcional al deseo de gloria. En esta situación irracional, es explicable decir que una guerra se sabe cuando comienza, pero no se sabe cuándo puede terminar. La mecánica del conflicto obliga a insumir toda la fuerza y la voluntad del grupo en el esfuerzo guerrero si se persigue el triunfo, pero en esta acción los objetivos se opacan y diluyen al resaltarse obsesivamente sólo la destrucción del contrario.

Un aspecto psicológico que se destaca por su antecedente antropológico tribal es que un individuo combate, no por los objetivos políticos o estratégicos que se formulen en las altas esferas, sino simplemente por la pertenencia a un pelotón o una compañía, del que se siente solidario y responsable. Este sentimiento condiciona la estructura guerrera, y un combatiente es un ser naturalmente temeroso pero que, como parte de su pequeño grupo, se torna valeroso. El temor individual se sublima en la agresividad del grupo. La legión romana reflejó esta cualidad psico-social cuando fue organizado el contubernium o actual pelotón como unidad básica de combate. Un individuo adquiere una identidad cuando entra a formar parte de este pequeño grupo guerrero; su identidad depende de su pertenencia al grupo. Para conservarla, hace lo que el grupo le manda. Su identidad adquiere mayor importancia que su existencia; puede ser mandado a la muerte, y morirá para no perderla. Similarmente, mientras más joven e inmaduro se enganche a un individuo como guerrero, más fanático, cruel y temerario se volverá.

A pesar del discurso guerrero motivacional de gloria y victoria, incluso de riqueza, la realidad es que el combatiente se parece más a un temeroso cordero que es guiado al matadero, que a un agresivo león que impone su voluntad. En la dualidad motivacional agresión-temor prima normalmente el segundo. Vista de esta manera, la guerra no sólo constituye un acto de violencia hacia el enemigo, sino también hacia los propios combatientes, quienes son separados a la fuerza de su familia, su trabajo y su ambiente, y son recluidos en instituciones en extremo autoritarias y disciplinadas, obligados a sufrir como algo normal los peores vejámenes y maltratos y a correr riesgos mortales, si acaso no la muerte segura.

Por el contrario, una cantidad de emociones agradables de supervivencia que motiva al hombre a cazar y que genéticamente quedó asentada en nuestra especie tras algunos cientos de miles de años ejerciendo la caza se traslada a gratas emociones de guerra, como la camaradería, el acecho, el sigilo, el triunfo sobre el enemigo. En este sentido, ciertas emociones de la guerra y la caza son similares.


La cultura


Un tercer grupo de causas que hacen posible las guerras se refiere a los valores culturales de una sociedad. Así, la matanza de sus semejantes, la destrucción de sus bienes, la ocupación de su territorio y el sometimiento de su voluntad tienen un ingrediente cultural. La cultura ha modificado profundamente el comportamiento natural, surgido evolutivamente, que se da en el resto de los animales. Impone valores a tendencias innatas como, por ejemplo, a la huida se le confiere el valor de cobardía; a la agresividad, la de valentía. Por estas valoraciones, el individuo es aceptado o rechazado dentro de su grupo guerrero-social. La muerte en el campo de batalla, aunque tal vez mucho más cruel y horrorosa que en la cama, es glorificada; y un individuo puede ser incluso deshonrado y además ajusticiado por negarse a combatir.

El fenómeno de este tipo de valoraciones es probablemente más intenso en el periodo de la adolescencia y la juventud, cuando la natural sociabilidad individual y aspiraciones de ser pronto adulto busca signos, manifestaciones y acciones de identificación social. Además, desde el punto de vista ontogenético, la euforia guerrera, que suele actuar como detonante en un conflicto, parte principalmente de esos estratos poblacionales cuyos individuos aún no saben controlar el naciente impulso hormonal que esa edad trae consigo. Para ser justos, también un conflicto es detonado por el prestigio, el poder y la fama que pueden buscar castas militares y grupos dirigentes ambiciosos y vanidosos.

Cualquier cuerpo armado está compuesto por individuos que están genéticamente condicionados por cientos de miles de años de antepasados cuyas existencias transcurrieron en tribus. Estas se caracterizaron por conferir a sus componentes una fuerte identidad propia a través de mitos y ritos y también a considerar a las tribus vecinas sus potenciales antagonistas que podrían transformarse en enemigas y escalar a una guerra tribal. En este sentido, los militares modernos son profesionales cuyo exclusivo objetivo es salir victoriosos de una guerra en caso de producirse. Considerando que toda una vida profesional dedicada a la defensa nacional y que aquella puede transcurrir sin que se experimente ni una sola guerra, se puede observar en cualquier cuerpo armado un exagerado y elaborado ritual de arquetipos atávicos de origen tribal que un ciudadano común no logra comprender del todo. Alexis de Tocqueville (1805-1859) en su De la democracia en América, 1835, observaba, comparando a militares de noble cuna, que se identifican con su inamovible título nobiliario, y militares de una democracia, que se identifican con sus transitorios rangos militares, que los segundos buscan medios, como la guerra, para ascender más rápidamente.


El territorio


La existencia tribal no estuvo ligada en general a un territorio determinado, ya que para su alimentación la caza dependía en parte de la trashumancia de los animales y de la recolección mayormente de frutos maduros. Ambas fuentes de alimentación obedecían a los ciclos de las estaciones. Los seres humanos de aquella época debieron haber sido semi-nómades. Sólo cuando la tribu devino en comunidad, tras la revolución agrícola-pastoril, los seres humanos se volvieron sedentarios y consiguientemente territoriales. En los cultivos y los terrenos de pastoreo las comunidades campesinas habían invertido tiempo y esfuerzo y debían cuidar y defender tanto los cultivos hasta su cosecha como el desarrollo del rebaño. Pero la situación se tornó inestable a causa de la codicia. Las comunidades eran presa de poderosos caciques locales que los despojaban de sus productos, sobre todo cuando aquellos controlaban recursos esenciales como las corrientes de agua y las bandas de salteadores competidoras. Del aprovechamiento de una multiplicidad de comunidades pronto surgieron feudos, reinos y hasta imperios. El poder feudal fue capitalizado por el poder monárquico, que llegó a tornarse absoluto. A fines del siglo XVIII la monarquía fue remplazada por la república y la nación, que es una sociedad relacionada a un territorio y que alberga resignadamente a clases explotadoras y clases explotadas. Cada transformación política ha sido acompañada por la guerra.

A medida que la población crecía y los medios de transporte se iban desarrollando en velocidad y capacidad de carga, el espacio geográfico se iba reduciendo y la defensa del territorio iba siendo más urgente. Frente a la imposibilidad de ocupar territorios ya habitados y defendidos, la explotación del territorio propio se hizo más intensiva. Las guerras para dominar territorios cuya soberanía no estaba clara, se hicieron frecuentes. También hizo su aparición el comercio a gran escala y la organización de imperios comerciales, lo que ha llevado a grandes guerras mundiales a partir de la guerra de los Siete Años, en 1754. En los últimos años, en el colmo de su depravación inmoral algunas potencias económicas no han trepidado en apoderarse de los recursos energéticos de otros países a través de su desestabilización mediante devastadoras guerras. En la actualidad, cuando ya se calcula la cantidad de recursos económicos que restan para su agotamiento, la codicia de los poderosos se ha vuelto ilimitada y todos los países han comenzado a gastar una mayor proporción de sus ingresos en armarse y una devastadora guerra mundial parece inminente. 


La ideología


Por ser una concepción tan distorsionadora, exagerada y desequilibrante de la realidad toda ideología, que es vitoreada y llevada a su extremo, genera guerras, algunas de ellas muy crueles y destructoras. En estos últimos dos milenios de historia, en el mundo occidental es largo el recuento de todo tipo de ideologías, especialmente religiosas y de pretensiones de poder que han hecho del mundo un lugar peligroso para vivir. En los dos últimos siglos las ideologías relativas a ingenierías sociales han sido particularmente conflictivas.

En los albores del siglo XIX, el capitalismo basado en el empirismo inglés de libre mercado, propiedad privada, lucro personal, búsqueda de la felicidad, individualismo, etc. ha estado detrás del colonialismo explotador y de las principales guerras comerciales de la historia.

El comunismo tuvo su origen en el pensamiento de Karl Marx, quién había concluido que la perenne lucha de clases, que en su tiempo se daba entre capitalistas explotadores y proletarios explotados, podía solucionarse simplemente expropiando y socializando los medios de producción y así conseguir el valor superior de una igualdad social o sociedad comunista. Ya en 1848, él proclamaba “proletarios del mundo, uníos”. Sin embargo, su discípulo V. I. Ulianov, conocido como Lenin, encontró neciamente que la forma de terminar con la burguesía capitalista no es sino a través de una encarnizada y violenta guerra civil para exterminarla violentamente. Su acción revolucionaria dio el tono a sus seguidores de muchos lugares del mundo (Stalin, Mao, Kim Il Sung, Fidel, Pol Pot, etc). Millones de víctimas fueron torturadas y ejecutadas en todos los países donde sus habitantes se vieron dominados por un partido comunista que se había apoderado del Estado nacional, usualmente de manera violenta.

Entre 1922 y 1945, el fascismo  de Benito Mussolini (1883-1945) surgió en Italia. Provenía del nacionalismo italiano, el sindicalismo nacional, el nacionalismo revolucionario y el deseo de restaurar y expandir los territorios italianos. En función de la colaboración entre las clases, promovió un sistema económico corporativista en el que los sindicatos de empleadores y empleados se unen en asociaciones para representar colectivamente a los productores económicos de la nación y trabajar junto con el estado para establecer la política económica nacional.

Entre 1933 y 1945, bajo el gobierno de Adolf Hitler (1889-1945), Alemania se transformó en un estado totalitario, que pretendía controlar todos los aspectos de la vida. El nacionalsocialismo o nazismo se inspira ideológicamente en el fascismo. Ambas ideologías participan del uso político del militarismo, el nacionalismo, el anticomunismo, el antisemitismo. El nazismo pretendió erigir un estado nacional de supremacía de la “raza aria”, que debía durar mil años, se encaminó a establecer un “espacio vital” para la supuesta superioridad de esta mítica raza aria, lo que significaba esclavizar a los pueblos eslavos a través de la guerra y a exterminar los pueblos que consideraban impuros. Provocó la Segunda Guerra Mundial. Decenas de millones perecieron como consecuencia y millones de inocentes sufrieron todo tipo de vejaciones hasta la muerte como efecto de la irracionalidad ideológica.

En la actualidad, somos testigos de la violenta agresión en numerosos lugares de la Tierra, particularmente en el Medio Oriente, a manos del wahabismo, una rama extremista del islamismo. En esta ideología musulmana también se da un valor superior, la adoración a Alá, junto a una guerra santa que busca el exterminio de los infieles y disidentes.

También en la actualidad, podemos observar operando la soberbia y la codicia estadounidense en el concierto mundial a través de devastadoras guerras por el dominio financiero, de los mercados y los recursos energéticos, haciendo caso omiso a la libre determinación de los pueblos y los derechos humanos. La ideología imperialista estadounidense ha sido fruto de los neoconservadores, el particular protestantismo nacional y el triunfo obtenido en la Segunda Guerra Mundial. Fundamentalmente, esta ideología se resume la idea del siglo XIX del “destino manifiesto”, en el sentido de ser una nación cuya elite de raza blanca y religión protestante está destinada a liderar al mundo y ser militarmente hegemónica.


La economía


Los enfrentamientos bélicos superaron las escaramuzas tribales con el nuevo desarrollo económico surgido a partir de la revolución agrícola y pastoril, desde hace unos 10.000 años. Los antropólogos no han observado indicios de conflictos en la escala de la guerra en pueblos cazadores-recolectores, cuyos miembros consumían todo lo que diariamente les costaba obtener, obteniendo escasos excedentes. Con la agricultura y la ganadería hicieron su aparición el ahorro, la acumulación de capital y la propiedad sobre terrenos y rebaños que había que proteger. Estos bienes había que necesariamente defender ya que se tornaban más codiciables en la misma medida que incrementaban. La revolución agrícola-ganadera generó además un superávit alimenticio que liberó trabajo para otras funciones sociales, entre éstas la guerrera.

Las guerras son más horrorosas, masivas y crueles en la misma proporción que aumenta la riqueza y, por lo tanto, el poder bélico y el potencial beneficio derivado de vencer a grupos rivales. La simple codicia, llamada eufemísticamente confrontación de intereses, es lo que está detrás de las guerras y que impulsa a las naciones a combatir y los comerciantes de armas descienden como buitres donde se produce algún conflicto. La defensa de territorio y la ambición de dominar otros nuevos han producido muchas guerras.

La revolución industrial en combinación con la tecnología ha posibilitado la producción masiva y tecnológica de diversas armas, que son cada vez más destructivas. Las guerras tienen dos propósitos: 1º controlar los mercados y 2º extrae y asegurar escasos y valorados recursos naturales. De hecho, lo que ha ocurrido es que para quedar mejor posicionados frente a potenciales competidores las naciones más militaristas se empobrecen por los disparatados gastos militares y las guerras que emprenden.


La política


A finales del siglo XVIII, tras la Revolución francesa, comienza a plasmarse la idea de nación que se había venido incubando desde antes. Formalmente, una nación comparte en común mitos, tradiciones, cultura, memoria histórica y territorio. Materialmente, es la transferencia de la soberanía desde el monarca hacia la nación o pueblo, donde a través del voto popular el poder político es ejercido por un mandatario en su representación. Se había logrado un sistema político de máxima justicia e igualdad. En cuanto al ejército, éste se hizo nacional, permanente, con conscripción obligatoria  y profesional. Su función es la defensa territorial.

Sin embargo, tal noción estaba sólo en el papel. Entre este diseño político y la práctica existe a veces un abismo. Pronto se comprobó que las elecciones podían ser manipuladas a favor de una oligarquía o de un caudillo. El poder económico resultó decisivo para volcar el voto electoral. Este poder tiende a apoderarse del poder político y si existe resistencia, lo hace a la fuerza. En la actualidad la cooptación del poder político por el poder económico es total y la representación popular de aquél es una farsa. El soborno, el chantaje y la corrupción completa el cuadro. La injusticia se observa en la distribución de ingresos económicos. La brecha económica en la sociedad  es creciente. Mientras una minoría se va enriqueciendo a niveles inauditos, el salario de la mayoría, que son los trabajadores, no alcanza para llegar a fin de mes.

La maquinaria bélica de una nación sirve ocasionalmente para atacar y apoderarse del Estado, destruyendo sus instituciones representativas. Por razones de clase social el mando de las fuerzas armadas siente mayor lealtad hacia la oligarquía que hacia la nación. Rara vez, el ejército ha sido popular. El golpe de Estado militar es empleado por individuos o pequeños grupos ambiciosos e inescrupulosos, según su propio arbitrio y en su propio provecho, pretextando cualquier razón demagógica. El marco ideológico para acciones tan contrarias al funcionamiento democrático de la nación lo constituye la absurda creencia de que las fuerzas armadas son las depositarias por excelencia de los valores nacionales, monopolizando los sentimientos de patria, heroísmo y valentía, junto con la fascista idea de que deben tutelar el orden y la paz ciudadana. Como en el caso de un padre que debe disciplinar un niño rebelde, una de las principales dificultades que enfrenta todo Estado republicano es el sometimiento duradero de sus propias fuerzas armadas. Hasta ahora nadie ha diseñado un sistema que garantice que las fuerzas armadas no lleguen a provocar un golpe de Estado. Por el contrario, las oligarquías económicas, que sienten que sus intereses se encuentran amenazados, recurren a las fuerzas armadas en busca de protección y éstas acceden gustosamente.

Por otra parte, las guerras son más frecuentes y destructivas cuando ocurre entre naciones. La famosa definición ya citada de von Clausewitz de que “la guerra es la prosecución de la política por otros medios” está indicando lo que una nación dominante está dispuesta a realizar con tal de mantener e incluso aumentar su dominio o, por otro lado, lo que una nación sometida está dispuesta a hacer para liberarse. Esta conocida frase refleja, no obstante, un tipo particular de política: aquella que busca agresivamente aprovecharse de su vecino y limitarle sus posibilidades de desarrollo en beneficio propio. Pero cuando el Estado busca el bien común de la nación y respeta la libre determinación de los pueblos, la guerra aparece como la negación absoluta de la política.

Esta frecuentemente citada definición de guerra no nos dice qué es la guerra, sino que únicamente la ubica en el ámbito de una política externa expansionista y agresiva. Entonces la guerra proviene fundamentalmente de la necesidad que oligarquías políticas tienen para estructurar su propia realidad de acuerdo a sus propios intereses particulares y en contra de los intereses tanto nacionales como los de la otra nación en conflicto. Si la amenaza no es suficiente, se ejerce el poder militar. La guerra es determinada por la codicia y la relación costo-beneficio y sin ninguna consideración por el bien común ni menos aún por el bien del contrario. La condición previa a una guerra es un profundo desequilibrio en la convivencia de naciones distintas y la negativa a ceder posiciones para establecer nuevos equilibrios. El temor, la desconfianza y la codicia a menudo opacan la paz y la buena voluntad. Muchas veces, la guerra la inician  naciones en cuya política agresiva la influencia de su aparato militar es gravitante.


El militarismo


En la guerra se emplea la fuerza con tal violencia que puede no sólo conseguir la destrucción del contrario hasta su total sumisión, sino llegar hasta la propia destrucción. El citado von Clausewitz, uno de los filósofos de la guerra más influyentes, afirmaba que la finalidad de la guerra no es simplemente la derrota del enemigo, sino que la destrucción de sus fuerzas militares, la conquista de su territorio y el sometimiento de su voluntad. Así, este filósofo fue un profeta y hasta apologista de la guerra total. No reconoció que el objeto de la guerra debería ser también la modificación o la eliminación de las causas que la provocan.

Una guerra ocurre porque existen organizaciones y maquinarias militares. La función de una fuerza armada ha sido históricamente luchar por quien reina para ofrecerle la derrota, la capitulación y el dominio de pueblos. Como contrapartida, también su función ha sido mantener la defensa de su propio pueblo frente a la agresión de un enemigo. Desde la Revolución francesa y especialmente durante el siglo XIX su función ha sido marcar el mapa político del mundo, en un esfuerzo de cada nación por ocupar y defender el mayor territorio posible frente a los intereses de otra nación y su poder militar como un actual o potencial enemigo. El territorio contiene riquezas para ser aprovechadas por la propia nación.

Nación, territorio, riquezas, Estado, república, democracia, división de poderes son términos que caracterizan nuestra época y se refieren a la forma que han adoptado las sociedades para organizarse más jurídica y racionalmente. Cada sociedad nacional reivindica un territorio determinado y mantiene un ejército permanente para defenderlo de la codicia de otras naciones. El militarismo es la exageración de la función de las fuerzas armadas nacionales, que desde la sola protección, seguridad y defensa pasa patéticamente hacia la enemistad y la agresión. El origen de las guerras está en naciones agresivas que buscan controlar y dominar a otra nación.

Los ejércitos están compuestos por soldados. Aquellos se rodean normalmente de un aurea de poderío y gloria y éstos muestran tener un porte muy marcial, caballeroso y honorable e invencible. La realidad contradice la imagen pero lo que por sobre todo queda después de una guerra es sólo destrucción y muerte, crueldad y cobardía, odios y rencores, arbitrariedad y deshonra, injusticia y maldad, dolor y sufrimiento, ruinas y tumbas, lisiados y locos, viudas y huérfanos, pues ni siquiera la memoria queda para recordarlos.



LA PAZ



La acción intencional y libre de una persona tiene una dimensión moral, ya que ésta puede actuar tanto justa y bondadosamente como injusta y egoístamente. Esta dicotomía excluye la posibilidad que la esencia del ser humano sea intrínsecamente ni virtuosa ni perversa, puesto que una persona puede ser virtuosa o perversa o ambas. Consecuentemente, las causas generales de la guerra que se han anotado más arriba no son parte de la esencia humana, sino que provienen de la maldad moral que algunos individuos o grupos de individuos filtran en las organizaciones sociales, pervirtiéndolas, degradándolas y degenerándolas.

La superación de las diferencias entre grupos sociales y sociedades antagonistas pasa por su aceptación e inclusión, tolerancia y comprensión dentro de un mismo sistema de derechos y responsabilidades, en el que las ancestrales tradiciones e identidades son respetadas y sobrellevadas sin significar predominio de una a la otra. Ello resulta especialmente necesario a medida que la sociedad mayoritaria de una nación va incorporando distintas razas, clases sociales, culturas, extranjeros. Si se busca la paz mundial y la aceptación e inclusión de todas las naciones, las rivalidades que surgen natural y potencialmente explosivas a raíz de la actual división del mundo entre Estado naciones es una tarea muy pendiente en nuestro mundo tan dividido.

Que la guerra sea un fenómeno social crónico, aunque esporádico, no significa que ésta sea irremediable. Un ser humano puede convivir pacíficamente con sus semejantes, sin recurrir siquiera a insultos, gracias a un ambiente social de justicia, a una formación intelectual, ética y psicológica positiva, donde exista tolerancia, respeto, equilibrio y sensatez. De la misma manera, una nación puede organizarse social y políticamente según una justa intencionalidad, de modo que el trato con sus vecinos sea de paz, cooperación y entendimiento. Principalmente, la paz podría reinar en el mundo si el sentido de la vida social estuviera relacionado, no con la religión, sino con la transcendencia, de modo que la codicia y el odio, el individualismo y el egoísmo puedan ser superados. La paz duradera podría venir cuando las personas mayoritariamente logren reconocer que la existencia del ser humano no se acaba con la muerte, sino que obtiene la eternidad plena cuando en vida se es justo y bondadoso.





33. EL LEVIATÁN Y LOS ESTADOS UNIDOS




 “El estado natural del hombre es dejarse llevar por sus pasiones, siendo el hombre un lobo para el hombre. Existen tres causas principales de antagonismo, enemistad y guerra de todos contra todos: la desconfianza, la gloria y la competencia por alcanzar riquezas, honores y poder. En este estado de anarquía la vida para la mayoría de la gente es solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. Thomas Hobbes escribió estas ideas en la 1ª parte del Leviatán, el libro publicado en 1651, coincidente con el término de la guerra civil (1642–1651), y cuyo título alude al monstruo bíblico Leviatán del libro de Job.

El origen del pesimismo hobbesiano

Probablemente, esta visión pesimista la obtuvo Hobbes, quien nació (1688) en plena Reforma protestante y de su educación preparatoria en un medio eclesiástico de dicha época. Veremos brevemente esa parte negativa que marcó dicha visión. Toda la teología protestante tiene su origen en la visión pesimista de la naturaleza humana que el ex monje agustino, Martín Lutero, tenía. Sentando los fundamentos de la Reforma, él formuló tres principios: la Verdad está sólo en la Biblia; Dios nos salva sólo por la fe, y nos salvamos sólo por la gracia de Dios. Esta formulación es el resultado del modo que tuvo Lutero de entender la naturaleza humana. La corrupción de la Iglesia no fue lo que le preocupó: “Yo no impugné las inmoralidades y los abusos, sino la sustancia y la doctrina del papado”. La reforma que él puso en marcha no se preocupaba por las obras ni buscaba que la gente fuese más buena y justa, sólo que la gente creyese las doctrinas que él consideraba correctas. El fundamento de su teología estuvo en su propia experiencia, que fue la de un hombre pesimista y atormentado, aterrorizado ante el progresivo convencimiento de que su alma estaba condenada. Se centró en el Dios-Juez, y sintiéndose él totalmente indigno e incapaz de mejorar, sentía terror, más que amor o respeto, por ese Dios que ya parecía estar condenándolo. Para él el hombre es absoluta y totalmente depravado, odia el bien y desea el mal y no hay nada que se pueda hacer para cambiar eso. El hombre peca siempre, aun cuando intente obrar el bien. El hombre está tan corrompido que ni siquiera Dios puede rescatarle de su podredumbre: lo único que es posible a Dios es no tener en cuenta sus pecados, no imputárselos legalmente”. Su conclusión fue que el hombre carece de libre albedrío en temas morales y es un sujeto pasivo que o bien se deja arrastrar por la fuerza de Dios o bien por la fuerza de Satanás, sin que él nada pudiera hacer por evitarlo. El razonamiento que hizo Lutero es que el hombre no puede resistir la gracia de Dios, ya que si Dios lo salva, el hombre nada puede hacer para no ser salvado, y si Dios no lo salva, tampoco puede hacer nada por salvarse, lo que además implica que Dios derrama su gracia sobre algunos elegidos. Esto lo explicitó aún más Calvino, quien directamente promulgó la predestinación de las almas, que es la creencia de que aún antes de nacer, Dios ya ha decidido si seremos salvos o condenados.

Lutero, como ex agustino, estaba imbuido del pensamiento teológico y pesimista de Agustín de Hipona, quien partió del reconocimiento que hizo, en 389, del pecado original como hecho histórico radical. Quería superar la paradoja de la relación entre la fe y la razón. Aceptando que la fe es la vía universal de la salvación, suponía que debe ser racional si la credulidad viciosa, producto del pecado, debía ser vencida. La fe se constituye en régimen permanente del hombre caído. Tras una mala traducción de un confuso pasaje en la Epístola a los Romanos de Pablo, “por un hombre entró el pecado en el mundo...” (Romanos 5:12), Agustín introdujo la idea del “pecado original” y de la caída de la humanidad por la primera pareja mítica de seres humanos, y de la necesidad de la redención de Cristo en la Cruz.  Agustín creía que una vez cometido el pecado original histórico, la humanidad se había desdoblado en dos posturas muy diferentes: el pecado y la gracia; el infierno y el cielo. El “paraíso” es el estado ideal del hombre, tal como Dios lo planeó y realizó. Pero Adán fue seducido por Satanás y aquél se despegó de Dios. Puesto que Adán fue el “patriarca”, quedó roto el pacto original. La situación histórica del hombre, consecutiva al pecado, fue de pérdida de la justicia y la moralidad originales, y aparecieron las debilidades naturales: división, ignorancia, concupiscencia, mortalidad, posibilidad, etc. Consecuentemente se perdió la libertad del amor. No se perdió, en cambio, el libre albedrío. El hombre caído en lo sensible y lo carnal no puede unirse directamente con Dios. La triste, pecaminosa y negativa visión del universo salida de la mente de Agustín se encarnó profundamente en las enseñanzas de la iglesia romana.

Agustín sigue a Pablo de Tarso. Juntando el relato del Génesis con el dualismo platónico, el estoicismo y la muerte y resurrección de Jesús, él elaboró una teología cuyo punto de partida fue el mito judaico del pecado original (Rom. 5). Éste fue una desobediencia de Adán, el mítico primer hombre y padre de la humanidad, que transgredió un mandato expreso de Dios y que mereció como castigo una condena que implicaba la muerte, el trabajo y el dolor para él y toda su descendencia. Pablo prosiguió con la idea de que Dios, en su infinita bondad, enviara a su Hijo, Jesucristo, el nuevo Adán, se hiciera hombre de carne y hueso y cargara con el pecado de toda la humanidad para redimirla a través de su pasión y muerte en la cruz y así conseguir la reconciliación con Dios, la justificación de la humanidad, la gracia divina, la justicia, la salvación y la vida eterna. La resurrección de Jesús en la gloria de Dios es, para Pablo, la destrucción del pecado y la muerte. El pensamiento de Pablo sigue parcialmente la moral estoica. El bautizado no debe acceder a la concupiscencia de su cuerpo mortal para que no domine el pecado, sino que debe reinar la gracia. Solo liberado del pecado se tiene la santificación y la vida eterna.

El estado de la naturaleza

El individualismo es una creación del mundo occidental moderno y considera que cada persona en una sociedad civil es por derecho un ser independiente y soberano y que debe tener la libertad de elegir sus asociaciones voluntariamente y no tener obligaciones u obligaciones impuestas por la sociedad sin su consentimiento; éste destaca el valor moral del individuo, promueve el ejercicio de los propios objetivos y deseos, valora la independencia y la autosuficiencia, defiende que los intereses del individuo deben tener precedencia sobre el Estado o un grupo social, implica el derecho del individuo a la libertad y a la autorrealización. Hobbes es el antecedente directo más importante de la filosofía individualista moderna. En su Leviatán, él atribuye a todos los individuos la libertad natural, así como la igualdad, con el propósito de emprender las acciones necesarias para preservarse de sus semejantes. Él creía que el ejercicio de esa libertad natural conduce lógicamente a un conflicto incesante y a un miedo incesante.  El estado de la naturaleza es "una guerra de todos contra todos", donde cada individuo irrumpe sobre los otros para obtener riquezas, seguridad, prestigio y poder. Hobbes se basó en un supuesto estado de la naturaleza para explicar cómo cada individuo mira a los demás como una competencia potencial y se ve amenazado en sus propósitos y aspiraciones. En este estado, existiría un conjunto de individuos auto-contenidos e inseguros que compiten por las escasas oportunidades de vida, debiendo asumir la forma de la violencia y las depredaciones agresivas, y quien optara salir de la competición se haría incluso más vulnerable a la muerte.

Sin embargo, el estado de la naturaleza es una abstracción histórica y una condición hipotética, pues estudia la manera en que los seres humanos tendrían en ausencia de orden, ley y gobierno. En dicho estado el deseo de seguridad es indisociable del deseo de poder, porque cada grado de seguridad necesita ser mejor garantizado, situación que se ve agravada por el hecho de que los individuos tienen la misma capacidad y la misma esperanza de alcanzar los fines que ellos esperan, ya que son aproximadamente iguales en poder físico y facultades mentales. Por el contrario, existe el hecho antropológico, que el individualismo no logra comprender, que en el genoma humano está inscrito como ventaja adaptativa que nuestra especie ha sobrevivido a lo largo de cientos de miles de años gracias a la solidaridad y la cooperación de sus miembros en el ambiente tribal que entonces existió hasta hace apenas diez mil años atrás y que devino posteriormente en comunidad campesina.

Después de la Revolución Estadounidense, en 1776, la Declaración de Independencia efectuó una declaración del individualismo que se convirtió en parte de su ideología central: "Sostenemos que estas verdades son evidentes, que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por su Creador de ciertos Derechos inalienables, que entre ellos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad... Que para asegurar estos derechos, los gobiernos se instituyen entre los hombres, derivando sus justos poderes del consentimiento de los gobernados". Aunque mucho más influyente fue otro filósofo empirista inglés, John Locke (1632-1704), las ideas de Hobbes sobre los derechos inalienables y naturales del hombre y el estado natural de igualdad en el que nacen todos los hombres se convirtieron en la piedra angular de esta Declaración.

El contrato social y el Leviatán

Debido a la naturaleza humana predominantemente egoísta, en la 2ª parte del Leviatán Hobbes se centró como su principal preocupación en la superación del estado de la naturaleza. Los hombres, cansados ya de una constante pelea, deben decidir dejar de lado sus diferencias y llegar a un consenso en el que todos terminen beneficiados y colaborando para un mejor desarrollo. Leviatán aboga por un contrato social como única salida racional, a través del cual, cada individuo debía renunciar a cualquier tipo de poder en la sociedad en favor de un gobierno fuerte e indiviso, lo que pondría fin al estado de la naturaleza. Hobbes explica que las leyes basadas en la razón no son suficientes para establecer la paz, por lo que se debía nombrar una autoridad todopoderosa que sancionara las acciones del individuo. Argumenta que para salir de este hipotético estado de naturaleza, ellos debían firmar este contrato y someterse a ser gobernados. A través de un contrato social todos los individuos (excepto el soberano sin restricciones) cederían todo su poder en favor del soberano, donde cada uno debía renunciar a cualquier tipo de poder en la sociedad. De este modo la permuta de la libertad natural caótica por el orden impuesto por el gobierno del soberano requiere la renuncia a todas las libertades que los seres humanos poseen por naturaleza y la sumisión voluntaria a cualquier dictado impuesto por el soberano.

Hobbes identifica al soberano, que es un gobernante absoluto, con el monstruo bíblico, pues define lo que es correcto e incorrecto, siéndole imposible hacer algo ilegal, ya que él sería la ley y no estaría sujeto al contrato social. También él postula la necesidad del soberano absoluto para mantener una paz social y duradera. Observa que los hombres no encuentran placer, sino un gran sufrimiento, al convivir con otros allí donde no hay un poder capaz de atemorizarlos a todos.
Supuso que la guerra civil y la situación brutal del estado de la naturaleza sólo podían ser evitadas por un gobierno fuerte e indiviso. Las leyes basadas en la razón no son suficientes para establecer la paz, por lo que se debía nombrar una autoridad todopoderosa que sancionara las acciones del individuo.

La idea hobbsiana de “contrato social” influyó fuertemente en Thomas Jefferson, James Madison, John Adams y los redactores de la Constitución de Estados Unidos, que fue promulgada en 1787. La Declaración de la Independencia y el Preámbulo de la Constitución se basan en la idea de que el hombre está dotado de derechos inalienables y que una vez que los gobernantes actúan fuera del consentimiento de los gobernados, entonces tienen el derecho y el deber de despojarse de los lazos del gobierno y la rebelión. La propia Constitución refleja la idea de que el gobierno siempre debe ser consciente de su abuso del poder de gobernar, y la única manera de asegurar que el gobierno no se vuelva tiránico es dividir el poder dentro del gobierno y, en última instancia, dárselo al pueblo. Del mismo modo, la idea hobbesiana de soberano con poder absoluto fue modificada por los redactores de la Constitución que no estimaban conveniente que el novel “presidente” que debía gobernar gozara del poder sin restricción, puesto que estaba sobre el tapete la idea del Baron de Montesquieu (1689-1755) de controles y contrapesos.

Hobbes y los Estados Unidos

Desde la Revolución Americana, los estadounidenses han creído en el ideal del individualismo y esta creencia constituye la base de la vida política y social estadounidense y fue central en la fundación y la cultura estadounidense emergente. Habiendo unido una libertad política fundamental con autonomía social, movilidad económica y autosuficiencia cultural, los estadounidenses de los siglos posteriores abrazaron la idea de que sus actitudes acerca de la relación entre el individuo y el todo eran únicas y especiales. A pesar de su aceptación del individualismo, los estadounidenses sostuvieron este ideal social y político sin articular una defensa teórica completa del mismo. A medida que los estadounidenses luchaban a lo largo del siglo XIX por despojarse de las viejas tradiciones de Europa y por enmarcar sus instituciones sociales y culturales de una manera coherente con su individualismo político, las implicaciones más amplias del individualismo ocasionalmente se encallaban en visiones de cohesión social y del bien colectivo.

Mientras Aristóteles entendía que el propósito de una sociedad es una buena vida, Hobbes veía el objetivo de la sociedad civil como la prevención del peor mal. Además, contrario a la idea de un Estado represor y coercitivo, el resto del mundo occidental ha sido influenciado por los ideales de la Revolución Francesa de libertad, igualdad y fraternidad y ha llegado a concebir que el Estado tiene por propósito asegurar los derechos humanos y el bien común de los ciudadanos. Con el Leviatán, los estadounidenses, sean republicanos o demócratas, identifican al Estado como una entidad ajena a ellos que los lleva a la guerra, los encarcela, les extrae impuestos, favorece a los poderosos, no los protege contra sus abusos del poder económico y político. La oligarquía plutocrática, dueña y controladora de los medios de comunicación masivos impide que los estadounidenses tomen conciencia de que el Estado ha sido raptado por aquella misma para su propio beneficio. Es una lástima que la ideología nacida del empirismo inglés y encarnada en EE.UU. esté influyendo tan negativamente en las naciones occidentales a través de sus poderosos medios corporativos de entretención e información.







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