MONOGRAFÍAS FILOSÓFICAS CRÍTICAS IX
Patricio
Valdés Marín
CONTENIDO
1. Una metafísica del universo
2. Las categorías metafísicas
3. Causalidad y estructuración
4. La energía
5. Energía cuantificada
6. Contradicciones de la teoría general de la
relatividad
7. Una cosmología
Lo
biológico - https://unihummono3.blogspot.com
8. La esencia de la vida
9. El instinto de dominio – una teoría
10.
El sistema de la afectividad
11.
El cerebro y la conciencia
Lo
epistemológico I - https://unihummono4.blogspot.com
12.
La psiquis
13.
El discurso filosófico histórico
14.
Una teoría del conocimiento I
15.
Una teoría del conocimiento II
16.
Los límites del conocimiento humano
17.
Crítica de la ciencia a la epistemología filosófica
18.
La filosofía y la ciencia
19.
El lenguaje
Lo
transcendente I - https://unihummono6.blogspot.com
20.
Una cosmovisión
21.
Cuestiones religiosas
22.
Dios
23.
La eternidad
24.
La línea divisoria
Lo
transcendente II - https://unihummono7.blogspot.com
25.
Reflexionando sobre el significado de la existencia de Jesús
26.
Jesús de Nazaret y el cristianismo
27.
Breve historia de la humanidad y su relación con lo divino
Lo
socio-político I - https://unihummono8.blogspot.com
28.
Antecedentes antropológicos de la sociedad
29.
El ser humano y la sociedad
30.
Fundamentos antropológicos de la política
Lo
socio-político II - https://unihummono9.blogspot.com
31.
La política
32.
La guerra
33.
El Leviatán y los Estados Unidos
Lo
económico - https://unihummono10.blogspot.com
34.
El derecho de propiedad privada
35.
La ética del capitalismo
36.
La tecnología
37.
En el espíritu de El Capital de Karl
Marx
38. Las
peculiaridades de la economía de los Estados Unidos
31. LA POLÍTICA
POLÍTICA CONTINGENTE
La historia recoge el gigantesco esfuerzo humano
por hacer valer las nociones particulares de diversos grupos políticos del
deber ser de la política y los graves y profundos conflictos generados. Estas
nociones han surgido circunstancialmente para adaptar los vaivenes propios de
la política a los propios intereses que van surgiendo. Desplegando esta
historia, observamos que en cada uno de sus momentos, las nociones que se han
tenido por universales y necesarias han sido en realidad muy específicas y
particulares y que el esfuerzo por concretarlas ha sido tan desbordante que no
se ha trepidado en llevar adelante costosas y destructivas guerras. El único
concepto que ha resaltado por su universalidad ha sido la injusticia y la
codicia que ha provocado la avidez de poder y riqueza. Además podemos constatar
también que estas nociones que han sido reputadas de valor absoluto, en
realidad han sido totalmente contingentes y relativas al momento histórico y,
por tanto, no trascendentales.
Ya Platón (428
a. C. - 348 a. C.), para explicar la evolución de las formas internas de
concepciones y valores políticos había observado una secuencia en orden
decreciente de perfección –o creciente de imperfección– que comienza con la
timocracia (gobierno del valor y el honor), siguiendo con la oligarquía
(gobierno del dinero y la avaricia), y después con la democracia (gobierno del
desorden y la arbitrariedad), para llegar a la tiranía (gobierno del miedo y el
crimen). Para él el gobierno perfecto es el de la razón que es conducido por un
rey filósofo. Más tarde, Polibio (210 a. C. - 125 a. C.) supuso que la
secuencia es cíclica y corresponde a monarquía, tiranía, aristocracia,
oligarquía, democracia, oclocracia anárquica, y así sucesivamente.
Desde Augusto César hasta 1735, en la cultura
occidental, nadie en su sano juicio podía no imaginar que el rey derivara su
autoridad por derecho divino. Actualmente, el régimen liberal, que asegura que
la autoridad política no es arbitraria pero es racional, proviene
principalmente de dos vertientes distintas del siglo XVIII, la Ilustración
francesa de enciclopedistas y filósofos, que culmina en la Revolución francesa,
y la del empirismo inglés, cuyos máximos exponentes fueron los economistas
liberales ̶ posteriormente se agregaría
el racionalismo alemán ̶ . En el esfuerzo de reemplazar la monarquía absoluta
por la república, la primera vertiente desarrolló, a partir de las nociones de
Estado, autoridad central y defensa territorial, las ideas de nación,
república, división y equilibrio de poderes, estado de derecho, interés
general, los valores de libertad, igualdad y fraternidad. Frente al vacío del
poder monárquico, la segunda contribuyó con las ideas de individualismo,
propiedad privada, libre mercado, competencia, división de la sociedad entre
capitalistas y trabajadores, división del trabajo, crecimiento económico, el
valor de la felicidad.
Ambas vertientes son contradictorias. No había
comenzado a implementarse las ideas democráticas de la Revolución francesa,
cuando irrumpieron con fuerza las del capitalismo. En 1776, la inocua invención
de James Watts, que fue una mejora a la máquina de vapor de Newcomen de 1712,
inició un inicuo sistema de explotación del trabajo y la naturaleza. El
reemplazo de la fuerza muscular por la fuerza motriz para satisfacer tantas
necesidades materiales humanas, demandó la creación de capital, el beneficio
correspondiente, su acumulación, el poder político que su posesión conlleva,
para terminar en la transformación de la medieval división social de nobles y
siervos en la moderna de burgueses y proletarios. En el siglo XIX, cuando el
capitalismo estaba plenamente desarrollado, guiado por un profundo sentido
ético, Karl Marx (1818-1883) indagó sobre el injusto e inhumano orden social
que observaba. Aplicando su dialéctica histórica, destacó la contradicción
social interna entre capitalistas y trabajadores y dedujo que era una nueva manifestación
de la lucha de clases entre explotadores y explotados. Concluyó que para llegar
a una sociedad sin clases la síntesis de esta contradicción pasa por la
socialización de los medios de producción, que es la abrogación del derecho de
propiedad privada.
Claramente, desde entonces la burguesía no ha hecho
otra cosa que demonizar el marxismo… Marx puso
realmente el dedo en la llaga cuando señaló que la propiedad privada resume
cuál es el centro de gravedad del poder político. El feudalismo tuvo el menguado
mérito que con el sistema señor-vasallo nadie se podía erigir en propietario
absoluto. En cambio, desde que el feudalismo fue superado por los propietarios
burgueses, el empresario ha conseguido la propiedad absoluta de su empresa, lo
que lo convierte en amo y señor con autoridad casi absoluta sobre los
trabajadores, a quienes se los deja competir libremente para ocupar los
limitados y esclavizantes puestos de trabajo disponibles. El grupo de
propietarios de un país, organizado colectivamente, o constituye una oligarquía
conservadora y privilegiada cuando domina el Estado o es liberal que favorece
la libre empresa y el libre mercado cuando pasa a la minoría. En ambos casos,
busca consolidar la propiedad privada del capital hasta el máximo límite posible,
elevando el derecho de posesión privada lejos por sobre los derechos
fundamentales a la vida, la libertad y la protección. Sólo el socialismo se
constituye en amenaza, ya sea seria o meramente ritual, a la propiedad privada
del capital.
Puesto que el poder político ha sido apropiado por
el poder del capital, la democracia en el sistema liberal que nos rige ha sido
una burla y una acartonada fachada. Los partidos políticos, que recogen las
corrientes de opinión política, están divididos, no según intereses políticos,
sino económicos, aunque disfracen sus adhesiones con ideales republicanos. Los
capitalistas están divididos entre liberales o emprendedores y conservadores o
rentistas, mientras los trabajadores son socialistas o comunistas; los
profesionales y pequeños productores o comerciantes son social demócratas.
Cualquier reforma a este sistema tiene que ser consentida por los capitalistas,
sino éstos simplemente derriban el gobierno y reprimen a sus partidarios.
La historia
muestra que todas las civilizaciones y sus sistemas políticos tienen un final.
El momento histórico que ahora vivimos pertenece al término del sistema
capitalista liberal por las siguientes causas:
1º Ecológicas: el capitalismo es un sistema
que no es sustentable. Su necesidad de crecimiento ha conducido a explotar los
limitados recursos naturales, renovables y no renovables, hasta su total o
parcial agotamiento. Su sobre producción ha ocasionado una incontrolable
explosión demográfica, desechos industriales imposibles de absorber y el
terminal calentamiento global.
2º Tecnológicas: el desarrollo y crecimiento
de tecnologías de automatización o robotización está amenazado destruir el
trabajo del ciclo capitalista trabajo-producción-salario-consumo, lo que
impedirá que se consuma la producción industrial y paralizará consecuentemente
la economía.
3º Militares: la sobreoferta industrial se
está gastando en armamentismo, incluyendo destructivas armas nucleares, y en
costosas guerras. Un desequilibrio político cualquiera, un accidente o una
locura amenazan con desencadenar un intercambio nuclear que provocaría un
invierno nuclear y el término de la mayor parte de la vida en el planeta.
También
las civilizaciones van decayendo antes de colapsar y esta decadencia se puede
observar en las consecuencias de extremar las fuerzas que posibilitaron su
auge. En el caso presente del capitalismo, estamos asistiendo a una cantidad de
fenómenos que van surgiendo cada vez más aceleradamente: En general, los
problemas, en vez de poder resolverse, se van agudizando, mientras los sistemas
comienzan a deteriorarse. El crimen se vuelve incontenible, cada vez se
requiere más cárceles y la “rehabilitación” se vuelve una palabra ilusoria. Se
produce una diferenciación mayor entre las clases sociales; los ricos se
vuelven económica y políticamente más poderosos y los pobres cada vez más
miserables y pasivos. La droga y el alcohol resulta un medio favorito de
evasión de las angustias generadas por las presiones económicas y laborales y
el empobrecimiento y explotación de la clase trabajadora. La política se vuelve
patrimonio de una casta cooptada por la clase poderosa y cada vez más alejada
de los intereses del pueblo. Las elecciones son manipuladas por la publicidad
que es financiada por los poderosos. Los poderosos se tornan más inhumanos,
codiciosos y abusivos. Los valores tradicionales, como la veracidad, la
honestidad, el respeto, la lealtad, la generosidad, se corrompen en forma
acelerada.
POLÍTICA TRASCENDENTAL
La esencia humana
Si
las formas como se materializa la política son relativas y surgen, se
desarrollan y terminan en todas las sociedades y hasta en todas las
civilizaciones, es necesario reflexionar sobre lo trascendental, en el sentido
de universal y necesario, de la política. Si los fundamentos de la política son
permanentes, es porque pertenecen a la esencia humana. Ésta proviene de las
características que resultan de la conformación en el largo plazo del organismo
biológico humano según el genoma común a la especie, de la inserción de dicha entidad
en la realidad del universo y del sentido de la existencia de los individuos
respecto a la realidad. La antropología
observa que la socialización en los primates es natural, porque es una
ventaja adaptativa del orden primate. Las características de la socialización
de la especie humana es una de las causas la política.
La naturaleza
es el ámbito de la existencia de la humanidad y los seres humanos somos parte
de la naturaleza. La naturaleza se rige por sus propias leyes y si nosotros
queremos entender lo que allí ocurre, debemos comprender estas leyes. Las cosas
del universo no han llegado como son desde la eternidad y no son inmutables.
Las cosas que existen en la actualidad son producto de una larga evolución, del
mismo modo como las cosas del futuro serán distintas de las actuales. Esta
característica es válida también para las cosas sociales y políticas, como
estados, parlamentos, leyes, naciones, democracias, mercados, propiedad, etc.
Las cosas del universo no tienen una existencia ideal, sino que de lo posible;
y lo posible tampoco se alcanza plenamente. En tanto realidades concretas estas
cosas no son perfectas ni corresponden a un patrón ideal, siendo siempre
perfectibles, y también pueden degradarse y hasta desaparecer. Lo posible
emerge en el conflicto de la infinita multiplicidad de fuerzas que intervienen
en cualquier estructuración. La posibilidad de la existencia de un león depende
de su capacidad para matar cebras, gacelas y antílopes. La posibilidad de la
existencia de una nación depende de su capacidad para ocupar un territorio,
mantenerlo independiente y defenderlo de sus vecinos. El paraíso del Edén de
nuestra biosfera es descrito mejor por las leyes naturales que rigen los
ecosistemas que por el libro del Génesis, y en dicho paraíso cada ser viviente
es una inocente presa y un letal depredador a la vez.
Charles Darwin
(1809-1882) nos enseñó que los seres vivientes han evolucionado según la
selección natural. Esto significa que la habilidad para sobrevivir y
reproducirse de un organismo viviente depende de su capacidad para ser más
eficiente en procurarse el sustento y protegerse de las amenazas. Si un
organismo nace a la vida es porque sus progenitores sobrevivieron y se
reprodujeron. Sabemos que estas características fundamentales se transmiten
genéticamente y evolucionan en las distintas especies biológicas para ser aún
más eficientes. El organismo que nace las posee y su acción durante su
existencia se comprenderá por estas funciones decisivas. Para Herbert Spencer
(1820-1903), en la lucha sobrevive el más apto, y esta aptitud se refiere a la
capacidad individual para sobrevivir y dejar descendencia. La supervivencia es
entonces un estado tensional entre la vida y la muerte, entre el desarrollo y
la decadencia de un organismo en un medio ecológico determinado o ecosistema.
En términos existencialistas, es la lucha por la existencia que exige un
esfuerzo por ser y un rechazo a la nada.
La reproducción
es el mecanismo que la evolución biológica ha diseñado para que las especies
puedan prolongarse en el tiempo y propagarse por la biósfera sobre la base de
la satisfacción sexual de los individuos bisexuados que la componen. Así,
mientras la satisfacción de los apetitos es funcional a la supervivencia, la
satisfacción de los instintos sexuales ̶
también maternales ̶ es funcional a la
prolongación y propagación de la especie. Estas características que rayan la
cancha para todos los organismos vivientes no son enteramente válidas para
nosotros como seres humanos. Sabemos que nuestra inteligencia es capaz de idear
modos para depredar en todos los nichos ecológicos si ve allí alguna utilidad.
Además, nosotros aprendemos a deleitarnos con todas las sutilezas que permiten
satisfacer nuestros apetitos más nimios. Esto es cierto, pero no es toda la
verdad. Nuestra capacidad de pensamiento racional y abstracto no sólo nos ha
posibilitado ser la especie biológica con mayor éxito en cuanto a su
depredación y ocupación de nichos ecológicos, sino que nos ha permitido dar el
gigantesco paso entre una tropa de primates y una sociedad humana, entre el
determinismo biológico y la civilización, entre una comunicación emotiva e
instintiva y la cultura, entre el saber instintivo y el conocimiento
acumulativo.
Si lo que
fundamenta la estructuración política son nuestras tendencias centrífugas y de
apertura que se asentaron genéticamente en el largo curso de la vida tribal de
nuestros antepasados, la estructuración económica surge de nuestras tendencias
centrípetas que son propias de la funcionalidad fundamental en tanto organismo
viviente que lucha por la existencia. La estructuración
socio-política-económica es fruto de nuestra inteligencia que persigue nuestros
instintos de supervivencia y reproducción a través de nuestras tendencias de
solidaridad y cooperación y de libertad y autodeterminación. Una estructuración
tal que satisfaga estas dos duplas de anhelos podría encarnarse por largo
tiempo sin provocar los dolorosos conflictos sociales a los que nos hemos
habituados.
Lo posible
puede ser imaginado por un ser humano y puede constituirse, más que en una
aspiración, en un proyecto para su acción intencional. Un ser humano no sólo
puede conocer la realidad con mayor o menor verdad, es decir, con mayor
correspondencia entre su idea y la realidad, también puede imaginar realidades
posibles, las que pueden ser más o menos apetecibles. Un ser humano puede
comunicar esta imagen o esta idea de una realidad posible y compartirla con los
demás miembros de su comunidad. La política trata de la acción social para hacer
de lo posible y lo apetecible una realidad.
A diferencia de
los primeros filósofos griegos, quienes centraban su interés en la naturaleza
física del universo, los pensadores contemporáneos están imbuidos en la
problemática socio-política-económica, muchas veces motivando la acción social,
política y económica, y han dejado para los físicos y biólogos los problemas
filosóficos de la naturaleza, como si fuera un apartado del cuerpo del saber
que poco tiene que decirnos acerca de las cosas que aparentemente más nos
afectan o que creemos que más podemos afectar. Sin embargo, tanto los asuntos
físico-químico-biológicos como los socio-político-económicos pertenecen de
hecho al mismo fenómeno del universo, respondiendo a sus mismas leyes. Existen
no obstante dos diferencias entre ambos ámbitos de fenómenos: 1. En los
segundos interviene la intencionalidad humana y se desarrollan en escalas de
gran complejidad, y 2. También los segundos están sujetos a un devenir extremo
en comparación con los primeros, por lo que resulta muy difícil hallar
conceptos más estables para describirlos.
La
intencionalidad, que es una característica tan humana por provenir del
pensamiento abstracto y racional de cada persona, en cuanto factor causal de
los fenómenos socio-político-económicos, es capaz de distorsionar hasta la
lógica más sensata y escurrirse insidiosamente en las doctrinas más cerebrales,
haciendo imposible que las ciencias sociales lleguen a tener la misma certeza
que las ciencias naturales. Muchas veces, cuando queremos explicarnos los
movimientos políticos y sociales, suponemos que existe una racionalidad
perfectamente discernible, objetiva y que trasciende lo subjetivo, cuando lo
que se encuentra es, en la mayor parte, pasión, orgullo, envidia, temor y
codicia. Ciertamente, al ser humano no se le puede encasillar en cuanto causa
determinista, o cuando menos probabilística, dentro de los fenómenos que
estudian las ciencias sociales. En su calidad de actor libre y social él no
sólo es capaz de los mayores sacrificios por el bien del prójimo, sino que lo
frecuente es que induzca o simplemente obligue al prójimo a los mayores
sacrificios por el bien de sí mismo. Pero si sólo fuera un agente únicamente
egoísta, se le podrían aplicar parámetros normativos deterministas y ser
analizado como cualquier otro fenómeno (físico o biológico) de la naturaleza.
El problema que se interpone para conseguir que las ciencias humanas sean más
exactas es que el ser humano es también capaz de amar intensamente y de actuar
sin el más mínimo interés egoísta. En realidad la acción humana es una
combinación de factores contradictorios. Ella es tanto individual como social,
es tanto moral como ética y legal, es tanto privada como solidaria, es tanto
egoísta como altruista, es movida tanto por la sensatez como por la locura, es
el producto tanto de la mayor sabiduría como del mayor desatino.
La sociabilidad
Los homo
sapiens existimos como especie en el planeta a partir de hace 200 mil a 100
mil años. Este ha sido un tiempo suficientemente largo para que ciertos
comportamientos hayan sido incorporados en el genoma humano, ya que constituyen
significativas ventajas evolutivas. Durante dicho tiempo la organización de los
humanos fue tribal. La tribu surgió de la distintiva tropa de primates y homínidos
cuando el homo se volvió sapiens. Sólo en los últimos 10 mil años
de nuestra existencia, tras la revolución agrícola-pastoril, las tribus se
transformaron en comunidades, que heredaron el comportamiento tribal. El
problema fue que esta nueva actividad económica generaba cuantiosos excedentes,
lo que no ocurría con la actividad anterior de caza y recolección. Un campesino
podía trabajar para producir alimentos para sí y para su familia y también una
cantidad similar de excedente. Pronto, poderosos individuos codiciaron estos
excedentes y sometieron a los campesinos para apropiárselos y hacerse más
poderosos aún. Surgieron así ciudades, religiones con sacerdotes, cuerpos
militares, burocracia y reyes que procuraban extender sus dominios.
En la primitiva
tribu la acción del individuo es solidaria y cooperadora. Contrariamente a la ideología del
individualismo, estas características antropológicas de nuestra esencia humana
no deben ser omitidas en una sana concepción de la política. En la tribu cada cual es atendido por los otros según sus necesidades y
cada cual entrega sus esfuerzos a los otros según sus capacidades; cada
individuo es sujeto de cariño y respeto. La tribu fue el antecedente de toda
estructuración sociopolítica ulterior. Cuando el mundo político evolucionó a
sociedades más complejas, la mentalidad tribal siguió gravitando, quedando
siempre pendiente en estas nuevas estructuraciones sociales la cuestión de la
real extensión de la tribu y de cuáles grupos sociales son rivales y
antagónicos. En nuestro mundo contemporáneo de grandes masas poblacionales y de
múltiples y diversas funciones la idea de nación encarna el deseo de
identificación tribal. Pero para que esta gran unidad social llegue a
funcionar, las diferencias y particularidades grupales y tribales debieron ser
opacadas por una poderosa identidad nacional. En una escala superior a la
nación, es posible que algún día llegue cuando las diferencias y las
rivalidades nacionales, que motivan tantos conflictos, algunos hasta
catastróficos, puedan ser superadas en una identidad global que respete las
diferencias y las particularidades locales.
La vida en
sociedad es tan esencial para los seres humanos como el propio medio natural.
Un ser humano sobrevive y se reproduce junto con otros seres humanos tanto en
una comunidad de intereses como en un medio de recursos escasos. Por otra
parte, un ser humano se asocia naturalmente con otros para compartir, y se
disocia naturalmente para competir. Por la primera tendencia se identifica con
un grupo. Por la segunda, se distingue de otros grupos. A algún igualitario muy
bien intencionado le gustaría imaginar el tejido social de todos los seres
humanos como un continuo homogéneo de individuos, todos iguales, en una amplia
y natural fraternidad, habitando libremente la superficie de la Tierra, cada
uno dando según sus posibilidades y recibiendo según sus necesidades. Por su
parte, otro, sin duda mucho menos ingenuo, no podría imaginar continuidad
alguna, sino que vería hondas separaciones longitudinales y transversales que
dejan espacios dentro de los cuales los individuos se agrupan tanto que generan
espacios que los segregan de otras agrupaciones. En esta imaginería podríamos
suponer que las separaciones longitudinales son divisiones geográficas
naturales y dividen al gran conjunto de los individuos en naciones que ocupan
territorios definidos, compartiendo etnia, religión y cultura, en tanto que las
transversales son divisiones principalmente económicas y disocian al gran
conjunto de individuos en clases sociales.
Es explicable
que los seres humanos se dividan en naciones. El compartir un territorio común
significa probablemente compartir también un mismo origen, una misma cultura y
una misma etnia, fenómeno que los nacionalismos han puesto como el punto de
partida de sus fóbicas ideologías. Todas estas características posibilitan la
comunicación y principalmente la adquisición de una sólida identidad nacional.
Lo que cuesta más entender es por qué los individuos de una misma nación están
segregados por cuestiones sociales, cuando la proximidad natural junto con las
permanentes oportunidades para dialogar, afines a la cooperación, debieran
producir una intensa asociación entre iguales.
Nuestra
psicología social debe mucho a nuestro pasado tribal. En primer lugar, en los
tiempos prehistóricos un individuo no sólo se identificaba con su tribu, sino
que tenía conocimiento personal de todos sus miembros, normalmente de treinta a
sesenta individuos. Recíprocamente, él era también aceptado y tratado
personalmente, querido y respetado. Tribus vecinas, merodeadoras en los mismos
territorios, eran consideradas como una amenaza y, por tanto, como enemigas
potenciales, máxime si pertenecían a otras etnias y culturas y si no tenían
vínculos de sangre. En segundo término, en su calidad de organismo biológico un
ser humano persigue fundamentalmente sobrevivir y reproducirse, y experimenta
que su ámbito social le resulta funcional para sus aspiraciones vitales.
Tercero, el peligro sanitario de la endogamia, el comercio y la natural
sociabilidad humana propulsaban el acercamiento entre tribus. Probablemente,
una tribu tenía una mayor identificación con la ocupación de un territorio
particular que con la explotación particular de recursos.
En el juego
social, existe naturalmente una gran medida de interés individual, puesto que
cada cual funciona en favor de su propia supervivencia y reproducción. También
allí existen poderosos intereses de grupo, ya que los individuos se identifican
con naciones cuando ocupan un mismo territorio y con clases sociales cuando
genéricamente poseen similar actividad económica. La expresión cultural de
estos intereses tan variados se oculta tras una articulada estructura
ideológica. Podemos suponer que una ideología no es más que el disfraz mental de
la codicia de una particular nación-clase social que persigue modificar ya sea
el equilibrio de poder internacional o el medio social nacional para que se
adecue mejor a los propios intereses del grupo social en cuestión. En este
esquema las alianzas se pueden buscar ya sea en la nación si lo que se persigue
es un predominio internacional, ya sea en las clases similares de otras
naciones si lo que se busca es establecerse más sólidamente en el propio
territorio.
Hacia la sociedad
El beneficio
que otorga la tribu al individuo fue decisivo. Tal como la familia se
estructura naturalmente en respuesta a la satisfacción de los instintos de
reproducción y crianza paternales, que permiten la supervivencia infantil y su
crianza, la sociedad se estructura en respuesta a la satisfacción de los
instintos de supervivencia y reproducción, de necesidades de subsistencia
colectiva a través de la cooperación y la solidaridad, y de necesidades de
comunicación y de compartir experiencias y conocimientos. Aunque la tribu no
podía subsistir por siempre, ya que se vio superada por organizaciones sociales
mucho más extensas, el comportamiento tribal es parte de nuestra naturaleza
social. A medida que aumentaba la población y los modos de producción se hacían
más diversos después de la revolución agrícola-ganadera, la organización tribal
fue siendo superada por la aparición de estructuras sociales más complejas y
heterogéneas.
Dos órdenes de
fenómenos resultaron relevantes en la historia de la estructuración social
humana y que aparecieron ya en la misma escala de la tribu. Uno de ellos es el
esfuerzo de los individuos por diferenciarse del grupo y adquirir identidad
propia, que es reafirmada al entender que la acción intencional y libre es
naturalmente anterior al orden social. El otro es la búsqueda de identidad en
sociedades cada vez más complejas, que abarcan en la actualidad enormes y
heterogéneas masas poblacionales, ya muy distintas de las primitivas tribus,
pero con las mismas funciones primigenias fundamentales, que son tanto la
cooperación solidaria como la seguridad para sobrevivir y reproducirse dentro
de un orden normativo. Probablemente, la historia humana puede ser considerada
como un permanente esfuerzo para reivindicar los derechos de la persona, que
busca un entorno material acorde con su propia fisiología y psicología,
mientras que la sociedad se va tornando cada vez más compleja y más absorbente
dentro de un sistema legal de mayores derechos y obligaciones.
Actuamos a
través de la acción solidaria y de cooperación cuando reconocemos que el otro
pertenece de alguna u otra manera a mi grupo. Esta acción que relaciona a los
seres humanos entre sí no es de la exclusividad humana. Nuestro pasado cazador
nos obligó a ser cooperativos, pues, tal como los lobos, nuestros antepasados
cazaban ocasionalmente presas grandes y difíciles que requerían el
reconocimiento de un orden social para la acción conjunta. Resulta contraria a
nuestra psicología natural la imposición que la economía de mercado exige de
una actitud competitiva, individualista y egoísta que debemos asumir
culturalmente en contra de nuestra tendencia natural solidara y cooperadora.
Nuestra acción solidaria resulta en una acción de ayuda, no necesariamente
hacia un igual, sino a menudo hacia un desvalido. No siempre esta acción es
evidente, considerando la cantidad de gente desamparada. Ambos tipos de
acciones sociales fueron sin duda ventajas adaptativas en la larga evolución
hasta fructificar en hombre moderno.
Una intensa
fuerza individual relacionada con su propia supervivencia y que tiene por
finalidad su propia inserción dentro del grupo es la necesidad de ser aceptado
y reconocido por sus miembros. Del mismo modo como la agresividad se expresa en
gestos de amenaza, la necesidad de inserción en el grupo se manifiesta en
gestos de apaciguamiento. El mismo egoísmo individual existente tras la
aceptación y reconocimiento del otro está requiriendo justamente al otro. En
general el egoísmo tras la necesidad de la supervivencia individual es una
fuerza poderosa que emplea la especie humana para su propia prolongación. En
este sentido debemos considerar que si el individuo no actúa para sobrevivir,
el grupo social no puede subsistir. Los individuos que componen un grupo
morirían prematuramente, no tardando el mismo grupo en consumirse y la especie
en desaparecer. Si esta fuerza está siempre presente en cada individuo, lo es
porque la perpetuación de la especie así lo exige; y esta segunda fuerza es
anterior y determinante: la supervivencia de los individuos asegura la
prolongación de la especie. En consecuencia, debemos concluir que el egoísmo es
una fuerza necesaria y positiva en el esfuerzo por la supervivencia individual.
Los seres
humanos nos comportamos como una especie animal territorial tanto individual
como colectivamente. En consecuencia, la agresividad que manifiesta el egoísmo
se emplea fundamentalmente en dos tipos de situaciones: en la defensa
territorial o patrimonial y en el esfuerzo por obtener una ubicación mejor y
más estable dentro de la jerarquía social. Una vez satisfecha la necesidad por
una base material propia que permita la supervivencia y por un lugar en la
jerarquía social, la actitud agresiva disminuye. Las cárceles están llenas de
personas de baja condición social, no tanto porque han violado las normas
legisladas por los poderosos o porque no posean el poder suficiente para
defenderse, sino porque la precariedad y la inseguridad de su posición social y
la carencia de condiciones materiales mínimas generan mayor agresividad en ellos
y tienden a violar con mayor frecuencia las leyes de convivencia social.
El mecanismo de
la evolución biológica favorece aquellas características que resultan ser más
ventajosas para la prolongación de la especie. El ser humano ha evolucionado
para ser generoso, colaborador, cooperador y solidario. Estas características explican el
comportamiento de los jugadores de un equipo en un partido de fútbol junto con
la intensa emoción de los hinchas (que no es otra cosa que una guerra tribal
simbólica y ritualizada), la coordinación en el trabajo en una fábrica, la
discusión política en un parlamento o la acción de los combatientes de un bando
en una cruenta batalla. Para todas las actividades sociales que se centran en
alcanzar un objetivo común, los seres humanos tenemos la aptitud natural para
repartirnos tareas, someternos a la autoridad reconocida y coordinar la acción.
Marx atribuyó
esta lucha que rompía la anhelada unidad social-tribal a la existencia de
explotadores y explotados, indicó que esta división es causada por la propiedad
de los medios de producción por parte de los explotadores y propuso la
socialización de la propiedad para llegar a una sociedad sin divisiones
tribales, que él llamó comunismo. La lucha política más democrática tiene por
ideario la justicia social y el bien común como requisito para la paz social, y
esa lucha es permanente. En vez de la lucha de clases la convivencia nacional
tal vez se pueda lograr en una escala supra-tribal que se fundamente en la
inclusión social y la tolerancia y el reconociendo que los individuos tienen
una igualdad natural y, como personas, poseen fines que trascienden la
sociedad.
La antisociabilidad
Es posible
observar que, mientras dentro de una misma tribu, cada individuo es sujeto de
cariño y respeto, entre tribus distintas existe antagonismo y rivalidad. En forma paralela al espíritu de
cooperación y solidaridad también adquirimos el espíritu de agresividad y
belicosidad. El primero era requerido al interior de la tribu. El segundo,
frente a otras tribus. La actividad demandada por la supervivencia
de las comunidades tribales de cazadores-recolectores consume prácticamente la
totalidad de las energías disponibles. La guerra constituye un lujo si no rinde
dividendos inmediatos; puesto que casi no existen riquezas que codiciar
(excepto por las hembras, los cotos de caza y áreas de recolección), la guerra
pudo haber sido una actividad prácticamente desconocida en muchas zonas
geográficas.
La acción de la razón
Si de la
primitiva estructuración tribal no ha derivado natural ni históricamente una
estructura social y política de paz y justicia, sino que todo lo contrario, se
ha debido en especial a la estructuración económica, uno de cuyos más poderosos
motores es la codicia y el egoísmo extremo. No obstante, la estructuración
social y política no depende exclusivamente de condicionamientos genéticos de
socialización ni de condicionamientos psicológicos ciegos puramente egoístas.
La razón humana tiene la capacidad para imaginar y crear estructuras más justas
y más humanas que persiguen tanto el bien común como la obtención de aquellas
características que permiten la libertad, la igualdad y la fraternidad de los
individuos. La historia de la civilización no es otra cosa que los distintos
esfuerzos realizados para construir una sociedad que permita mayores grados de
manifestación de las inquietudes humanas, las que se expresan como derechos
humanos.
En el
desconocimiento de las complejas instituciones de la estructura política a las
teorías conspirativas, en boga, le es fácil suponer al vulgo que las decisiones
que afectan a la estructura socio-política y a sus millones de individuos sean
tomadas por alguna mente inescrutable o un grupo que actúa tras bambalinas,
cual “eminencia gris”. Por otra parte, nadie desea que un gobierno sea tan
impersonal que se salga del margen de la racionalidad humana. De ahí que muchas
veces pareciera que no es tan importante de dónde realmente procede la
autoridad que inviste al poder político como que su cabeza sea reconociblemente
humana, de modo que tenga mayor posibilidad de ser interpelada que de ser
objeto de honores.
No existe
consenso entre los estudiosos de la política que los mecanismos que pueden
asegurar la paz, el orden y la justicia social deban ser controlados necesariamente
por la acción del Estado. Algún creyente en el ordenamiento jurídico supondrá
que las leyes pueden por sí mismas llegar a establecer dichas condiciones. Adam
Smith (1723-1790), por su parte, creyó que si cada cual actúa para sí mismo,
bajo el imperio de la ley de la oferta y la demanda, se asegura la paz y el
orden social. Marx, como vimos, hizo hincapié en la abolición de la propiedad
privada de los medios de producción para terminar con la lucha de clases. Del
mismo modo como de la tribu se ha transitado a la ciudad-Estado y al imperio, y
de éste a la nación-Estado moderno, sin omitir las raíces
biológicas-antropológicas de la tribu que determinan nuestro comportamiento,
pienso que una condición para superar los conflictos sociales que separan
naciones y clases se encuentra en una correcta estructuración de aquellas
unidades contradictorias en una escala superior. Al menos, la esperanza que
tenemos los humanos de un mundo mejor es siempre posible si nos esforzamos en
construirlo con un gran respeto por la vida, la libertad, la justicia y la
naturaleza.
El origen de la política
La filosofía
política arguye que la política gira en torno al poder. Si el poder es la
capacidad para dominar e imponer la voluntad propia a otro, el poder político
trata de tal capacidad para dominar un grupo social o una sociedad entera. La
cuestión que determina la justicia del poder es sobre su legitimidad. No cabe
duda que esta legitimidad la tenga los padres siempre que sea de beneficio al
hijo y nunca será legítima entre los cónyuges ni en el amo respecto al esclavo.
La autoridad política es legítima cuando su voluntad representa la voluntad de
la mayoría y es ilegítima en todas las otras circunstancias. Contrariamente a
la idea de Thomas Hobbes (1588-1679) de identificar el Estado con un Leviatán,
que está en el fondo de la ideología política del empirismo inglés y por la
cual el Estado es temido, sirviendo sólo para proteger la propiedad privada, la
razón es que el poder político legítimo tiene dos objetivos políticos: 1º
promover, proteger y defender los derechos humanos de los individuos y 2º
ejecutar el bien común según lo determinen los ciudadanos.
La política se inserta, no en la voluntad despótica
de un tirano, sino en el centro de las actividades de una sociedad. Una
sociedad está compuesta por individuos que, mediante su voluntad, actúan con
libertad en el logro de sus propios objetivos. La política trata de ordenar,
dirigir, orientar y aunar la diversidad de las voluntades de los individuos o
al menos una mayoría de éstas hacia el bien común, acordando con éstos o
representando sus voluntades en objetivos comunes de acción que puedan ser de
beneficio para todos y donde pueda imperar la justicia. La autoridad proviene
de los individuos y es encargada a un representante de esta “voluntad general”
para ejecutarla. La fuerza requerida debe provenir de los mismos individuos ya
sea directamente o por delegación.
El liderazgo
La figura etológica del “macho alfa” se puede
observar en tropas, manadas y jaurías. En las sociedades humanas surge
naturalmente la figura del “líder” o gobernante. En una sociedad éste es
reputado por su desempeño y capacidad para dirigirla en pos de una mayor protección, libertad, eficiencia, mejoraría de las
condiciones materiales o un nuevo desafío. Sus seguidores o gobernados le entregan a cambio lealtad, confianza, obediencia y reconocimiento, siempre que aquél sea
fiel a su mandato. Sin mirar sólo su propio interés, los individuos delegan, no
su autonomía, sino su capacidad de determinación en el ámbito colectivo
mediante un gesto como aclamación, votación, adherencia para que el líder los
representante, guíe, oriente, ordene y determine el curso de la acción política
y lo que debe ejecutarse. Éste no es un
enviado divino ni posee ciencia infusa, sino
que se debe a los gobernados, quienes lo eligieron y ante los cuales es
responsable. Él ejerce el poder político en representación de la voluntad de
quienes lo designaron. Como contrapartida, los representados pueden desplegar
controles fiscalizadores eficaces sobre sus representantes, no debiendo
limitarse a no reelegir a aquella autoridad que no ha desempeñado su tarea como
fue su compromiso.
El poder tiende
no sólo a corromper al gobernante, sino a producirle locura. Muchos individuos
pierden la cordura cuando adquieren poder, llegando, por una parte, a creerse
omnipotentes, indispensables, imprescindibles y sabios y, por la otra, a sufrir
paranoias persecutorias. Las virtudes y los defectos humanos se manifiestan en
toda su grandeza o en toda su miseria cuando un individuo tiene poder, como si
éste amplificara sus fortalezas y debilidades. El poder es ansiado tanto para
ser aceptado como para servirse de él. Quien lo detenta tiende a pensar que su
acción es genial, a suponerse merecedor de todo honor y gloria, a creerse
designado por la historia o por el mismo Dios, a presumir que posee una misión
que trasciende lo contingente. Además de la locura, la soberbia muchas veces
ciega al poderoso.
Por otra parte,
los gobernados tienden a magnificar al gobernante del mismo modo como un club
de fanáticos lo hace con su cantante favorito. La plebe tiende a ser
maravillada y, por tanto, engatusada. Existe una necesidad psicológica de los
gobernados a aclamar a los líderes y entregarles la autoridad sin reservas.
Pertenece a una actitud infantil que necesita proyectar en el gobernante la
imagen de padre protector y proveedor. La locura arrastra multitudes, y una
persona más sensata y cuerda difícilmente tiene el carisma que las pueda llegar
a entusiasmar. Una democracia basada en reglas justas y racionales no debería
ser construida por multitudes insensatas y la condición para no ser embelesados
por un simple mortal que es esconde tras la fachada carismática de un líder
supuestamente inmortal es que el grueso de los ciudadanos sea responsable y
esté muy consciente de lo que está en juego. Una sociedad madura es un asunto
de personas responsables, instruidas e inteligentes, y no de pobladas emotivas.
La justicia
La justicia surge de la recta razón humana
que debe regir toda decisión humana y política en relación con otra persona y
debe ser el principio ordenador del orden político y social. El fundamento ético de la política lo definió el jurista romano, Domicio Ulpiano (170-228), en la afirmación:
“Dar a cada uno lo suyo”, que es la constante y perpetua voluntad de dar a cada
uno lo que le corresponde de acuerdo a lo razonable y equitativo.
La justicia es una virtud que reside en la voluntad y la objetividad de cumplir
y respetar el mandato del derecho y depende del conjunto de valores esenciales sobre los cuales debe basarse la
política en una sociedad y el Estado, que son el respeto, la equidad, la
igualdad y la libertad. “Cada uno” es el otro, que es una persona distinta e
independiente al que practica la justicia, habiendo igualdad entre ambos y sin
tener ningún tipo de discriminación o preferencia hacia ninguna persona. La
justicia no es el dar o repartir cosas a la humanidad, sino el saber decidir a
quién le pertenece algo por derecho. Aquello que se debe dar a cada uno es
primordialmente sus derechos humanos; el cariño que cada uno merece pertenece
más bien al ámbito familiar y de relaciones personales. En definitiva, la
verdadera justicia es el arte de dar a cada uno lo suyo (o hacer a un individuo
dar lo suyo a otro), según los principios del derecho, lo cual debe hacerse sin
discriminar ni mostrar preferencia alguna por nadie, ya que todas las personas
deben ser tratadas por igual.
RECAPITULACIÓN
El origen de los instintos de supervivencia y reproducción del ser
humano se pierde en el tiempo. No obstante, su origen inteligente y afectivo surgió
en el ambiente de la tribu, ya que inteligencia y tribu son complementarias. La
tribu se prolongó por largo tiempo (unos 200.000 años), dejando una imborrable
huella en nuestro genoma relacionada con la solidaridad y la cooperación, el
reconocimiento de liderazgo, la honra de la palabra empeñada, la veracidad.
Pero este genoma portaba ya de sus
antecesores primates hondos caracteres territoriales y agresivos que
devinieron en constantes luchas bélicas y frágiles alianzas inter-tribales. Con
la revolución agrícola-pastoril, ocurrida hace unos diez mil años atrás, la
tribu devino en comunidad. Los seres humanos pasaron de cazadores-recolectores
a agricultores-pastores).
Sin embargo, la abundancia producida generó codicia y el surgimiento
de reinos e imperios que sometieron y dominaron a las comunidades. Éstas pronto
se transformaron en sociedades debido al nacimiento de artesanías, minería,
transportes, comercio. Pero también surgieron castas de dominio y poder, como
la sacerdotal y la militar. Este orden, que Marx describió como la
contradicción entre explotados y explotadores, persistió con la creación del
Estado moderno, por mucho que se buscara que la razón encauzara la sociedad por
el camino de la justicia y el conocimiento, representada por la república y la
democracia. Violando este ideal propio del racionalismo, la Revolución
Industrial, surgida hace un poco más de dos siglos y con pretensiones de
satisfacer las necesidades humanas y liberar a los seres humanos del esfuerzo y
la obligación de trabajar, acentuó la lucha de clases y el orden injusto, que
ahora era entre capitalistas y trabajadores, elevando al poder y la riqueza a
la burguesía, mientras el proletariado se veía forzado a aceptar un nuevo tipo
de esclavitud. El general reconocimiento (inducido gracias al poder de los
propietarios) de la propiedad privada ̶
que se refiere a la propiedad asignada a individuos y es destinada a producir
mayor riqueza, que es muy distinta de la propiedad personal que cada individuo
usa en para su vida diaria ̶ contravino
esta racional pretensión. En la actualidad asistimos al fin de los tiempos, que
es marcado por el colapso del capitalismo, una devastadora guerra y los Tres
Días de Oscuridad.
Hace 2000 años, el transcendental hito en la historia humana fue la
vida pública de Jesús y la proclamación de su Evangelio, que se centró en
describirnos el Reino de Dios y la salvación personal y eterna. Ésta se alcanza
con la muerte a través de ejercer el amor y la justicia en vida. Muy pronto, el
mensaje de Jesús fue distorsionado por Pablo. La Iglesia que él fundó pretendió
erigir un poder político espiritual. Realmente, éste ha sido desde siempre un
verdadero poder temporal que corre paralelo al de los soberanos seculares. Así,
a veces la Iglesia se ha valido del poder secular para llevar adelante sus
intereses hegemónicos que se ha expresado como la expansión misional, las
cruzadas, la educación; a veces ha ocurrido lo contrario, como la Inquisición
española, la conquista y las diversas guerras emprendidas por el poder secular
valiéndose de la religión. Frecuentemente, en el colmo de la intolerancia y la
necesidad de dominar y someter, las religiones, incluyendo el cristianismo, han
instado a teñir de sangre y brutalidad la historia humana.
Sin embargo, debe subrayarse que la Iglesia ha sido el vehículo
bastante mediocre que Dios usa, para transmitir el mensaje evangélico de amor,
justicia y paz, y que en su historia bimilenaria ella ha logrado, aunque en una
mínima cuota y a pesar de ella misma, compasión en los conflictos humanos y
también influir en la institucionalidad política, como la democracia y los
derechos humanos. La notable fortaleza del Evangelio está en que propone a
todos los seres humanos un sentido de vida, no inmanente, sino transcendente.
En una vida con solo perspectiva inmanente
̶ que se mantiene dentro de sí misma ̶
el disfrute de los instintos de supervivencia y reproducción es acentuado
por la inteligencia. En cambio las personas que entienden que el ser humano es
un animal transcendente ̶ ser más allá
de la existencia biológica ̶ , buscarán la vida eterna, se negarán a sí mismas,
rechazarán lo vano del poder y la riqueza y se centrarán en Dios. A pesar de
que ellos serán buenos ciudadanos, la institucionalidad política no será justa
ni pacífica mientras no exista una mayoría de personas que crea en un sentido
de una existencia en la transcendencia.
Lo anterior está por cambiar con el advenimiento del Milenio, que es
la era que reemplazará el “fin de los tiempos” y los tremendos y milagrosos eventos
que lo acompañan (la guerra y los Tres Días de Oscuridad). Con su insalvable
injusticia y perversidad el ser humano habría torcido el designio divino y si
está presente en la historia humana, Él habría determinado realizar una
corrección de timón. En el Milenio, el gobierno estaría dirigido por y según lo
la divinidad y la gente tendría la transcendencia como objetivo de su vida.
Vivirá una era dorada de mil años. El
ser humano está llamado a dominar sus instintos de supervivencia y
reproducción, no sólo por su razón y voluntad, sino por su creencia en
transcendencia y su fe en Dios.
32. LA GUERRA
La guerra es un fenómeno sociopolítico
que no está asociado directamente a la esencia humana, sino al comportamiento
moralmente perverso de algunos individuos.
La guerra es el conflicto socio-político más grave entre
dos o más grupos humanos, más o menos masivos y organizados, que se enfrentan
de manera violenta, utilizando armas mortales y destructivas, para dirimir una
disputa socio-política, consistente en el control de recursos naturales o
humanos, la expansión o la defensa territorial, la imposición de tributación,
control, dominio o sometimiento, o el despojo, la esclavización o la
destrucción del enemigo. La guerra es una experiencia humana límite de todos
los pueblos, naciones, culturas y edades y determina la supervivencia, la
servidumbre o la extinción de un grupo social o un pueblo. Según Karl von
Clausewitz (1780-1831), la guerra es “la continuación de la política por otros
medios”. La guerra es una conducta humana relacionada con la noción de
territorialidad y que probablemente se origina en sus antepasados homínidos.
Las distintas naciones o grupos y clases sociales no son
necesariamente antagónicas. No obstante son muy recelosas entre sí,
considerándose mutuamente como potenciales amenazas. La causa de esta
conflictiva relación debe buscarse en el hecho de que las relaciones
internacionales están mediatizadas por Estados que no tienen la misma
racionalidad que los seres humanos, quienes, individualmente, no sólo no son
naturalmente agresivos, sino que buscan relacionarse y compartir. El problema
proviene del hecho que los individuos, buscando ser reconocidos, se identifican
con un grupo social o una nación particular y se diferencian simultáneamente de
los individuos de otros grupos o naciones; al querer pertenecer y ser
aceptados, ellos se distancian del resto de los grupos y los considera rivales;
al desear ser incluidos, excluyen a quienes son reputados de distintos.
En este ambiente de disociación, cualquier conflicto tiene
la potencialidad para derivar en una guerra por la causa más nimia. Aunque
necesariamente no exista antagonismo, no es infrecuente que la rivalidad supere
la capacidad de entendimiento y cese el interés por arreglar las diferencias
pacíficamente, dando lugar a un enfrentamiento bélico. Las humanas señales de
paz y cooperación se diluyen con el distanciamiento. La historia humana muestra
un sinnúmero de episodios bélicos, como si la guerra fuera parte de las
relaciones internacionales normales. Cuando el estado nacional se encuentra
debilitado y existe brechas sociales profundas, lo que vale para las relaciones
entre naciones se hace extensivo a las clases sociales. Ello es parcialmente
verdadero, pues, por una parte, toda nación valora la seguridad, y para
prevenir los riesgos y las acciones de amenaza por parte de naciones belicosas
que están dispuestas a guerrear, una nación erige sistemas de defensa. Por la
otra, no se puede ignorar la existencia de naciones verdaderamente belicosas,
que hacen de la guerra su política internacional y parte de sus valores
culturales y éticos más preciados, aunque todo ello se disfrace de buena
voluntad e intenciones pacíficas y humanitarias.
LAS FUERZAS ARMADAS
Para la guerra se organizan estructuras de combate, que
son los ejércitos. Éstos son extremadamente funcionales para el empleo del
poder bélico al poseer estructuras de verticalidad de mando, no-deliberación de
sus componentes y obediencia ciega, enorme poder, dedicación completa, grandes
recursos, además de su inherente secreto, disimulación y engaño. Mientras que
sus integrantes se sienten imbuidos de todas las virtudes que otorgan la
valentía, la gallardía y la caballerosidad, que en alguna época legendaria
defendía viudas y huérfanos.
El objeto de una fuerza armada es primariamente disuadir
al potencial adversario y vencerlo si se desencadena el conflicto. Como anotaba
Julio César (100 adC – 44 adC) en su Guerra
de las Galias, los efectos de una derrota suelen ser absolutamente
desastrosos para la integridad de un pueblo, siendo la paz determinante para su estabilidad y
permanencia. Una derrota debe ser evitada a toda costa. Por ello, la disuasión
puede justificar estas estructuras bélicas dentro de una nación que persigue la
paz. No obstante, la disuasión, como función política-militar perfectamente
válida, trae involuntariamente de la mano la amenaza y el amedrentamiento; y cuando
surge la demagogia, una nación o un grupo socio-político se suele valer de esta
otra función para lograr sus oscuros propósitos en desmedro de los legítimos
derechos del adversario, ahora investido como enemigo. También al verse amenazado
el adversario aumenta su preocupación por la defensa, entrando ambos grupos en
una espiral armamentista que consume preciados recursos.
En tanto estructura guerrera, una fuerza armada debe ser
más poderosa que su potencial enemigo para vencerlo en combate, o al menos debe
tener el suficiente poder para llegar a dañarlo severamente, de modo que éste
piense dos veces antes de llegar al enfrentamiento. El poder proviene tanto de
la superioridad numérica, el espíritu guerrero, la disciplina, la organización,
la calidad del armamento y una estrategia efectiva. La tecnología moderna tiene
el efecto de acrecentar el valor de la estrategia. A menudo se piensa de manera
conservadora y tradicionalista que una estrategia efectiva consiste en imitar
servilmente las formas más perceptibles de aquellas fuerzas armadas que fueron vencedoras,
sin considerar que todo enfrentamiento es en gran medida inédito y no tiene
modelos ni leyes, excepto la moral a toda prueba de sus soldados y el genio
estratégico de sus conductores, como lo demostró el Viet Cong en la guerra de
Vietnam de 1955 a 1975.
Es natural que un ejército se organice siguiendo el
modelo de aquél que ha tenido éxito en la guerra. Hasta 1870, el modelo fue el
ejército napoleónico que, entre otras características, se basaba en el
reclutamiento nacional, lo que supone la idea de nación. Sin embargo, en la
batalla de Sedán, el ejército de estilo napoleónico fue derrotado por el
prusiano. Este había sido la creación de Federico Guillermo I Hohenzollern
(1688-1740), el rey sargento, que lo había empleado para generar el Estado
prusiano, y de paso había engendrado el militarismo alemán. La base de su
ejército consistió no en la tradicional oficialidad que provenía de la nobleza,
sino en profesionales formados en academias militares, quienes, solo por
coincidencia, eran nobles. Además, Otto von Bismarck (1815-1898) implantó, a
partir de 1862, el reclutamiento nacional obligatorio, incluso para tiempo de
paz. Desde entonces, en la mayoría de los países las fuerzas armadas tendieron
a estructurar establecimientos militares muy cohesionados, permanentes y
gravitantes en los recursos nacionales.
Una fuerza armada es una organización que tiende a ser
autónoma del estado en razón de su especial funcionalidad. En pos de constituir
una eficiente maquinaria bélica, ella se separa del conjunto de la civilidad,
la que es considerada con suspicacia y hasta como un adversario. También en pos
de conferirle a su funcionalidad tan especial bases estables y duraderas, ella
adopta estructuras que tienden a conservarla inmutable. Las fuerzas armadas han
quedado muy separadas de la civilidad y muy ajenas de sus objetivos, como si
fueran un estado dentro del estado, y con una subcultura impenetrable para los
civiles, como lo fueron una vez los jenízaros en el Imperio turco. Por otra
parte, los modelos más imitados por ellas constituían fuerzas armadas
verdaderamente ofensivas, hechas para construir imperios, y no puramente
defensivas y disuasivas, como el que un estado pacífico necesita organizar. Sin
embargo, esta tendencia derrota su propio objetivo principal. Una guerra la
ganan las fuerzas armadas más innovadoras, aquellas que consiguen crear configuraciones
para las que sus oponentes son vulnerables, y que están compuestas por
ciudadanos decididos a defender su nación.
LA GUERRA TOTAL
Las fuerzas armadas han ido adquiriendo en el curso de la
historia mayor eficiencia ofensiva y defensiva. Desde el surgimiento de las
fuerzas armadas nacionales y a partir de la Revolución industrial, en
particular desde la Primera Guerra Mundial, las guerras han llegado a demandar
el esfuerzo de toda una nación y a utilizar todos sus recursos. Todo lo
perteneciente a una nación, exceptuando acaso y por convención los hospitales,
ha llegado a ser considerado objetivo bélico. Aunque los civiles no son
directamente combatientes, se estima que de alguna manera u otra contribuyen al
esfuerzo bélico. El concepto de guerra total ha pasado a engrosar el
vocabulario estratégico como algo natural y hasta inteligente. Arrasar y
destruir vastas poblaciones civiles enemigas es parte de la estrategia militar
y de lo éticamente aceptable. Se supone que abate la moral bélica del enemigo.
Incluso, la devastación del mundo es considerada por
ciertas mentes políticas y militares como una posibilidad de un conflicto
bélico que escale al uso de armas termonucleares. Algunos no vacilarían en
apretar el botón del holocausto nuclear, como tampoco se ha vacilado en fabricar
y acumular decenas de miles de ojivas nucleares, cada una de las cuales es más
poderosa que todos los explosivos usados en el siglo XX. Gracias a la
tecnología moderna, la gigantesca fuerza disponible para usos bélicos hace de
los ejércitos tan destructivos que, si fuera utilizada, acabaría con ellos
mismos, además de todo aquello que intentan defender. Lamentablemente, esto es
posible. La historia ha registrado una actitud semejante en la del rey de Epiro
y Macedonia, Pirro, cuando combatió en auxilio de Siracusa contra los romanos,
en 278 a. C. La lógica de la guerra, como otras muchas lógicas, sigue
indefectiblemente su propio camino a partir de insensatas e inhumanas premisas
que se aceptan sin crítica alguna e irresponsablemente.
LAS
CAUSAS GENERALES DE LAS GUERRAS
La antropología humana
La guerra es un fenómeno genético netamente humano que
opera a escala socio-política. Psicológicamente, la especie humana es la única
especie animal cuyos individuos rompen el equilibrio de conflicto motivacional
de comportamiento intra-específico de ataque y retirada, de agresión y miedo,
de amenaza y apaciguamiento. Solamente los seres humanos, de todas las especies
animales, tiene la capacidad para planificar, proyectar y prever y también para
mantener una actitud ofensiva hacia los miembros y grupos de nuestra propia
especie. La ofensa, en tanto medio elegido maliciosa y premeditadamente, es la
agresividad empleada para la obtención de un fin preconcebido egoístamente,
aunque tal medida signifique destrucción, sufrimiento y muerte y viole los
derechos más elementales de otro ser humano. Por ello no puede haber guerra
justa, sólo es legítimo el derecho a la defensa; la ofensa agresiva no es otra
cosa que la codicia, la envidia y la avaricia que no respeta los derechos
ajenos. Esto ocurre porque el instinto de supervivencia domina sobre la razón y
la solidaridad. No son pocos los individuos tan inmorales que estén dispuestos
a asesinar a un semejante, son escasos los seres humanos moralmente formados
que no estarían no sólo dispuestos a defender su vida y la de los suyos matando
al agresor si la circunstancia así lo exige, sino sobre todo en matar a un
agresor porque su grupo social así se lo pide. Pero ello ocurre en un ambiente
de maldad, corrupción, inmoralidad, opresión y violencia.
Existen animales sociales que se matan entre sí, como en
el caso de las hormigas y las abejas de hormigueros y panales vecinos. Pero
estas muertes tienen lugar en batallas entre grupos distintos que disputan
alimentos y territorios. En los seres humanos, los motivos para una guerra son
similares a los casos expuestos, pero con los ingredientes de maldad y egoísmo,
a los que se suman secundariamente la identidad social y las lealtades y
fidelidades que antropológicamente se establecen a causa de nuestra herencia
cazadora y tribal.
Estas características operan en diversas escalas:
clasificando un grupo rival y antagónico como enemigo; proyectando en el
supuesto enemigo las peores intenciones que el temor y el odio producen en uno
mismo; cobijándose en la actitud gregaria del propio grupo, erigido en una
unidad mayor que el individuo; inventando y produciendo sistemas de guerra (estrategias,
armamentos, jerarquías de mando, unidades de combate) con racionalidad propia.
Todos estos expedientes sociales y otros más son atractivos envoltorios para
imponer a la identidad individual la actitud belicosa y agresiva de un
determinado grupo social.
En una situación de guerra, la agresividad humana,
función de capital importancia para la supervivencia, se vuelca desde una
actitud normalmente constructiva y defensiva a una eminentemente destructora y
ofensiva. No pocas veces las reglas que los antagonistas establecen para
guerrear son desatendidas en la necesidad de vencer, o por el odio y el deseo
de venganza que la agresión provoca. Entonces la guerra aparece como un medio
que emplea los recursos de todo orden y de manera casi ilimitada para obtener
una ventaja sobre aquel grupo social que se ha tornado en enemigo.
La psicología
La raíz de la guerra no la encontraremos en la psicología
del ser humano en tanto persona, sino en tanto individuo, es decir, como parte
de una estructura social. En esta perspectiva, la guerra es una actividad
social y también cultural, como veremos más adelante, y se origina en la
psicología del individuo en tanto parte de un determinado grupo social.
Mientras todo ser humano persigue sobrevivir y tiene un profundo temor a la
muerte, sabe que puede asegurar su supervivencia sólo como miembro de una
estructura social, con la cual se identifica. Un grupo distinto se presenta
como enemigo si amenaza con agredir o agrede de hecho al propio grupo. Incluso
se puede proyectar psicológicamente dicha agresión, aunque no sea real ni esté
siquiera en las intenciones del supuesto enemigo, sino en las propias
intenciones y temores.
Corrientemente, las sociedades ambicionan las riquezas y
los territorios de sus rivales. Desde tiempos antiguos se ha buscado esclavizar
a individuos de otras sociedades o avasallar a un pueblo entero mediante una
guerra de agresión e incluso con la amenaza de guerra. La primacía en el
comercio ha sido fuente de guerras. El temor por el poder del adversario ha
inducido a atacarlo bélicamente. Los nacionalismos apelan a bienes superiores
al individuo como motivos para guerrear, como la grandeza de la nación y su
legendaria historia, la conquista del espacio vital, la supuesta superioridad
de la raza. En dichos casos, la sociedad pide al individuo que sea capaz de
sacrificar no sólo su propio bienestar, sino su propósito fundamental de
supervivencia y asumir un estado lleno de dificultades y riesgos, por la que
sufre una catarsis psicológica.
Los individuos de un grupo social en estado de guerra
necesitan proclamar un líder que encarne la voluntad de lucha para someterse a
su autoridad. Sin embargo, por ser la guerra un estado extraordinario y
usualmente desconocido, donde las pasiones abundan en detrimento de la razón,
dicho personaje puede llegar a ser el más insensato de todos, bastándole con
apuntar su dedo índice hacia alguna dirección y señalar un enemigo con emotivo
desgarro. En el intento de cohesionar al grupo y hacerlo aparecer como víctima
ante los neutrales, los individuos aceptan por completo el discurso ideológico
propio y rechazan como erróneo y falso el del contrario. El grado de odio
aumenta en forma proporcional al deseo de gloria. En esta situación irracional,
es explicable decir que una guerra se sabe cuando comienza, pero no se sabe
cuándo puede terminar. La mecánica del conflicto obliga a insumir toda la
fuerza y la voluntad del grupo en el esfuerzo guerrero si se persigue el
triunfo, pero en esta acción los objetivos se opacan y diluyen al resaltarse
obsesivamente sólo la destrucción del contrario.
Un aspecto psicológico que se destaca por su antecedente
antropológico tribal es que un individuo combate, no por los objetivos
políticos o estratégicos que se formulen en las altas esferas, sino simplemente
por la pertenencia a un pelotón o una compañía, del que se siente solidario y
responsable. Este sentimiento condiciona la estructura guerrera, y un
combatiente es un ser naturalmente temeroso pero que, como parte de su pequeño
grupo, se torna valeroso. El temor individual se sublima en la agresividad del
grupo. La legión romana reflejó esta cualidad psico-social cuando fue organizado
el contubernium o actual pelotón como
unidad básica de combate. Un individuo adquiere una identidad cuando entra a
formar parte de este pequeño grupo guerrero; su identidad depende de su
pertenencia al grupo. Para conservarla, hace lo que el grupo le manda. Su identidad
adquiere mayor importancia que su existencia; puede ser mandado a la muerte, y
morirá para no perderla. Similarmente, mientras más joven e inmaduro se
enganche a un individuo como guerrero, más fanático, cruel y temerario se
volverá.
A pesar del discurso guerrero motivacional de gloria y
victoria, incluso de riqueza, la realidad es que el combatiente se parece más a
un temeroso cordero que es guiado al matadero, que a un agresivo león que
impone su voluntad. En la dualidad motivacional agresión-temor prima
normalmente el segundo. Vista de esta manera, la guerra no sólo constituye un
acto de violencia hacia el enemigo, sino también hacia los propios
combatientes, quienes son separados a la fuerza de su familia, su trabajo y su
ambiente, y son recluidos en instituciones en extremo autoritarias y
disciplinadas, obligados a sufrir como algo normal los peores vejámenes y
maltratos y a correr riesgos mortales, si acaso no la muerte segura.
Por el contrario, una cantidad de emociones agradables de
supervivencia que motiva al hombre a cazar y que genéticamente quedó asentada
en nuestra especie tras algunos cientos de miles de años ejerciendo la caza se
traslada a gratas emociones de guerra, como la camaradería, el acecho, el
sigilo, el triunfo sobre el enemigo. En este sentido, ciertas emociones de la
guerra y la caza son similares.
La cultura
Un tercer grupo de causas que hacen posible las guerras
se refiere a los valores culturales de una sociedad. Así, la matanza de sus
semejantes, la destrucción de sus bienes, la ocupación de su territorio y el
sometimiento de su voluntad tienen un ingrediente cultural. La cultura ha
modificado profundamente el comportamiento natural, surgido evolutivamente, que
se da en el resto de los animales. Impone valores a tendencias innatas como,
por ejemplo, a la huida se le confiere el valor de cobardía; a la agresividad,
la de valentía. Por estas valoraciones, el individuo es aceptado o rechazado
dentro de su grupo guerrero-social. La muerte en el campo de batalla, aunque
tal vez mucho más cruel y horrorosa que en la cama, es glorificada; y un
individuo puede ser incluso deshonrado y además ajusticiado por negarse a
combatir.
El fenómeno de este tipo de valoraciones es probablemente
más intenso en el periodo de la adolescencia y la juventud, cuando la natural
sociabilidad individual y aspiraciones de ser pronto adulto busca signos,
manifestaciones y acciones de identificación social. Además, desde el punto de
vista ontogenético, la euforia guerrera, que suele actuar como detonante en un
conflicto, parte principalmente de esos estratos poblacionales cuyos individuos
aún no saben controlar el naciente impulso hormonal que esa edad trae consigo.
Para ser justos, también un conflicto es detonado por el prestigio, el poder y
la fama que pueden buscar castas militares y grupos dirigentes ambiciosos y
vanidosos.
Cualquier cuerpo armado está compuesto por individuos que
están genéticamente condicionados por cientos de miles de años de antepasados
cuyas existencias transcurrieron en tribus. Estas se caracterizaron por
conferir a sus componentes una fuerte identidad propia a través de mitos y
ritos y también a considerar a las tribus vecinas sus potenciales antagonistas
que podrían transformarse en enemigas y escalar a una guerra tribal. En este
sentido, los militares modernos son profesionales cuyo exclusivo objetivo es
salir victoriosos de una guerra en caso de producirse. Considerando que toda
una vida profesional dedicada a la defensa nacional y que aquella puede
transcurrir sin que se experimente ni una sola guerra, se puede observar en
cualquier cuerpo armado un exagerado y elaborado ritual de arquetipos atávicos
de origen tribal que un ciudadano común no logra comprender del todo. Alexis de
Tocqueville (1805-1859) en su De la
democracia en América, 1835, observaba, comparando a militares de noble
cuna, que se identifican con su inamovible título nobiliario, y militares de
una democracia, que se identifican con sus transitorios rangos militares, que
los segundos buscan medios, como la guerra, para ascender más rápidamente.
El territorio
La existencia tribal no estuvo ligada en general a un
territorio determinado, ya que para su alimentación la caza dependía en parte
de la trashumancia de los animales y de la recolección mayormente de frutos maduros.
Ambas fuentes de alimentación obedecían a los ciclos de las estaciones. Los
seres humanos de aquella época debieron haber sido semi-nómades. Sólo cuando la
tribu devino en comunidad, tras la revolución agrícola-pastoril, los seres
humanos se volvieron sedentarios y consiguientemente territoriales. En los
cultivos y los terrenos de pastoreo las comunidades campesinas habían invertido
tiempo y esfuerzo y debían cuidar y defender tanto los cultivos hasta su
cosecha como el desarrollo del rebaño. Pero la situación se tornó inestable a
causa de la codicia. Las comunidades eran presa de poderosos caciques locales
que los despojaban de sus productos, sobre todo cuando aquellos controlaban
recursos esenciales como las corrientes de agua y las bandas de salteadores
competidoras. Del aprovechamiento de una multiplicidad de comunidades pronto
surgieron feudos, reinos y hasta imperios. El poder feudal fue capitalizado por
el poder monárquico, que llegó a tornarse absoluto. A fines del siglo XVIII la
monarquía fue remplazada por la república y la nación, que es una sociedad
relacionada a un territorio y que alberga resignadamente a clases explotadoras
y clases explotadas. Cada transformación política ha sido acompañada por la
guerra.
A medida que la población crecía y los medios de
transporte se iban desarrollando en velocidad y capacidad de carga, el espacio
geográfico se iba reduciendo y la defensa del territorio iba siendo más
urgente. Frente a la imposibilidad de ocupar territorios ya habitados y
defendidos, la explotación del territorio propio se hizo más intensiva. Las
guerras para dominar territorios cuya soberanía no estaba clara, se hicieron
frecuentes. También hizo su aparición el comercio a gran escala y la
organización de imperios comerciales, lo que ha llevado a grandes guerras
mundiales a partir de la guerra de los Siete Años, en 1754. En los últimos
años, en el colmo de su depravación inmoral algunas potencias económicas no han
trepidado en apoderarse de los recursos energéticos de otros países a través de
su desestabilización mediante devastadoras guerras. En la actualidad, cuando ya
se calcula la cantidad de recursos económicos que restan para su agotamiento,
la codicia de los poderosos se ha vuelto ilimitada y todos los países han
comenzado a gastar una mayor proporción de sus ingresos en armarse y una
devastadora guerra mundial parece inminente.
La ideología
Por ser una concepción tan distorsionadora, exagerada y
desequilibrante de la realidad toda ideología, que es vitoreada y llevada a su
extremo, genera guerras, algunas de ellas muy crueles y destructoras. En estos
últimos dos milenios de historia, en el mundo occidental es largo el recuento
de todo tipo de ideologías, especialmente religiosas y de pretensiones de poder
que han hecho del mundo un lugar peligroso para vivir. En los dos últimos
siglos las ideologías relativas a ingenierías sociales han sido particularmente
conflictivas.
En los albores del siglo XIX, el capitalismo basado en el
empirismo inglés de libre mercado, propiedad privada, lucro personal, búsqueda
de la felicidad, individualismo, etc. ha estado detrás del colonialismo
explotador y de las principales guerras comerciales de la historia.
El comunismo tuvo su origen en el pensamiento de Karl
Marx, quién había concluido que la perenne lucha de clases, que en su tiempo se
daba entre capitalistas explotadores y proletarios explotados, podía solucionarse
simplemente expropiando y socializando los medios de producción y así conseguir
el valor superior de una igualdad social o sociedad comunista. Ya en 1848, él
proclamaba “proletarios del mundo, uníos”. Sin embargo, su discípulo V. I.
Ulianov, conocido como Lenin, encontró neciamente que la forma de terminar con
la burguesía capitalista no es sino a través de una encarnizada y violenta
guerra civil para exterminarla violentamente. Su acción revolucionaria dio el
tono a sus seguidores de muchos lugares del mundo (Stalin, Mao, Kim Il Sung,
Fidel, Pol Pot, etc). Millones de víctimas fueron torturadas y ejecutadas en
todos los países donde sus habitantes se vieron dominados por un partido
comunista que se había apoderado del Estado nacional, usualmente de manera
violenta.
Entre 1922 y 1945, el fascismo de Benito Mussolini (1883-1945) surgió en
Italia. Provenía del nacionalismo italiano, el sindicalismo nacional, el
nacionalismo revolucionario y el deseo de restaurar y expandir los territorios
italianos. En función de la colaboración entre las clases, promovió un sistema
económico corporativista en el que los sindicatos de empleadores y empleados se
unen en asociaciones para representar colectivamente a los productores
económicos de la nación y trabajar junto con el estado para establecer la
política económica nacional.
Entre 1933 y 1945, bajo el gobierno de Adolf Hitler
(1889-1945), Alemania se transformó en un estado totalitario, que pretendía
controlar todos los aspectos de la vida. El nacionalsocialismo o nazismo se
inspira ideológicamente en el fascismo. Ambas ideologías participan del uso
político del militarismo, el nacionalismo, el anticomunismo, el antisemitismo. El
nazismo pretendió erigir un estado nacional de supremacía de la “raza aria”,
que debía durar mil años, se encaminó a establecer un “espacio vital” para la
supuesta superioridad de esta mítica raza aria, lo que significaba esclavizar a
los pueblos eslavos a través de la guerra y a exterminar los pueblos que
consideraban impuros. Provocó la Segunda Guerra Mundial. Decenas de millones perecieron
como consecuencia y millones de inocentes sufrieron todo tipo de vejaciones
hasta la muerte como efecto de la irracionalidad ideológica.
En la actualidad, somos testigos de la violenta agresión
en numerosos lugares de la Tierra, particularmente en el Medio Oriente, a manos
del wahabismo, una rama extremista del islamismo. En esta ideología musulmana
también se da un valor superior, la adoración a Alá, junto a una guerra santa
que busca el exterminio de los infieles y disidentes.
También en la actualidad, podemos observar operando la
soberbia y la codicia estadounidense en el concierto mundial a través de
devastadoras guerras por el dominio financiero, de los mercados y los recursos
energéticos, haciendo caso omiso a la libre determinación de los pueblos y los
derechos humanos. La ideología imperialista estadounidense ha sido fruto de los
neoconservadores, el particular protestantismo nacional y el triunfo obtenido
en la Segunda Guerra Mundial. Fundamentalmente, esta ideología se resume la
idea del siglo XIX del “destino manifiesto”, en el sentido de ser una nación
cuya elite de raza blanca y religión protestante está destinada a liderar al
mundo y ser militarmente hegemónica.
La economía
Los enfrentamientos bélicos superaron las escaramuzas
tribales con el nuevo desarrollo económico surgido a partir de la revolución
agrícola y pastoril, desde hace unos 10.000 años. Los antropólogos no han
observado indicios de conflictos en la escala de la guerra en pueblos
cazadores-recolectores, cuyos miembros consumían todo lo que diariamente les
costaba obtener, obteniendo escasos excedentes. Con la agricultura y la
ganadería hicieron su aparición el ahorro, la acumulación de capital y la propiedad
sobre terrenos y rebaños que había que proteger. Estos bienes había que
necesariamente defender ya que se tornaban más codiciables en la misma medida
que incrementaban. La revolución agrícola-ganadera generó además un superávit
alimenticio que liberó trabajo para otras funciones sociales, entre éstas la
guerrera.
Las guerras son más horrorosas, masivas y crueles en la
misma proporción que aumenta la riqueza y, por lo tanto, el poder bélico y el
potencial beneficio derivado de vencer a grupos rivales. La simple codicia,
llamada eufemísticamente confrontación de intereses, es lo que está detrás de las
guerras y que impulsa a las naciones a combatir y los comerciantes de armas
descienden como buitres donde se produce algún conflicto. La defensa de territorio
y la ambición de dominar otros nuevos han producido muchas guerras.
La revolución industrial en combinación con la tecnología
ha posibilitado la producción masiva y tecnológica de diversas armas, que son
cada vez más destructivas. Las guerras tienen dos propósitos: 1º controlar los
mercados y 2º extrae y asegurar escasos y valorados recursos naturales. De
hecho, lo que ha ocurrido es que para quedar mejor posicionados frente a
potenciales competidores las naciones más militaristas se empobrecen por los
disparatados gastos militares y las guerras que emprenden.
La política
A finales del siglo XVIII, tras la Revolución francesa,
comienza a plasmarse la idea de nación que se había venido incubando desde
antes. Formalmente, una nación comparte en común mitos, tradiciones, cultura,
memoria histórica y territorio. Materialmente, es la transferencia de la
soberanía desde el monarca hacia la nación o pueblo, donde a través del voto
popular el poder político es ejercido por un mandatario en su representación.
Se había logrado un sistema político de máxima justicia e igualdad. En cuanto
al ejército, éste se hizo nacional, permanente, con conscripción
obligatoria y profesional. Su función es
la defensa territorial.
Sin embargo, tal noción estaba sólo en el papel. Entre
este diseño político y la práctica existe a veces un abismo. Pronto se comprobó
que las elecciones podían ser manipuladas a favor de una oligarquía o de un
caudillo. El poder económico resultó decisivo para volcar el voto electoral.
Este poder tiende a apoderarse del poder político y si existe resistencia, lo
hace a la fuerza. En la actualidad la cooptación del poder político por el
poder económico es total y la representación popular de aquél es una farsa. El
soborno, el chantaje y la corrupción completa el cuadro. La injusticia se
observa en la distribución de ingresos económicos. La brecha económica en la
sociedad es creciente. Mientras una
minoría se va enriqueciendo a niveles inauditos, el salario de la mayoría, que
son los trabajadores, no alcanza para llegar a fin de mes.
La maquinaria bélica de una nación sirve ocasionalmente
para atacar y apoderarse del Estado, destruyendo sus instituciones
representativas. Por razones de clase social el mando de las fuerzas armadas
siente mayor lealtad hacia la oligarquía que hacia la nación. Rara vez, el
ejército ha sido popular. El golpe de Estado militar es empleado por individuos
o pequeños grupos ambiciosos e inescrupulosos, según su propio arbitrio y en su
propio provecho, pretextando cualquier razón demagógica. El marco ideológico
para acciones tan contrarias al funcionamiento democrático de la nación lo
constituye la absurda creencia de que las fuerzas armadas son las depositarias
por excelencia de los valores nacionales, monopolizando los sentimientos de
patria, heroísmo y valentía, junto con la fascista idea de que deben tutelar el
orden y la paz ciudadana. Como en el caso de un padre que debe disciplinar un
niño rebelde, una de las principales dificultades que enfrenta todo Estado
republicano es el sometimiento duradero de sus propias fuerzas armadas. Hasta
ahora nadie ha diseñado un sistema que garantice que las fuerzas armadas no
lleguen a provocar un golpe de Estado. Por el contrario, las oligarquías
económicas, que sienten que sus intereses se encuentran amenazados, recurren a
las fuerzas armadas en busca de protección y éstas acceden gustosamente.
Por otra parte, las guerras son más frecuentes y
destructivas cuando ocurre entre naciones. La famosa definición ya citada de
von Clausewitz de que “la guerra es la prosecución de la política por otros
medios” está indicando lo que una nación dominante está dispuesta a realizar
con tal de mantener e incluso aumentar su dominio o, por otro lado, lo que una
nación sometida está dispuesta a hacer para liberarse. Esta conocida frase
refleja, no obstante, un tipo particular de política: aquella que busca agresivamente
aprovecharse de su vecino y limitarle sus posibilidades de desarrollo en
beneficio propio. Pero cuando el Estado busca el bien común de la nación y
respeta la libre determinación de los pueblos, la guerra aparece como la negación
absoluta de la política.
Esta frecuentemente citada definición de guerra no nos
dice qué es la guerra, sino que únicamente la ubica en el ámbito de una
política externa expansionista y agresiva. Entonces la guerra proviene
fundamentalmente de la necesidad que oligarquías políticas tienen para
estructurar su propia realidad de acuerdo a sus propios intereses particulares
y en contra de los intereses tanto nacionales como los de la otra nación en
conflicto. Si la amenaza no es suficiente, se ejerce el poder militar. La guerra
es determinada por la codicia y la relación costo-beneficio y sin ninguna consideración
por el bien común ni menos aún por el bien del contrario. La condición previa a
una guerra es un profundo desequilibrio en la convivencia de naciones distintas
y la negativa a ceder posiciones para establecer nuevos equilibrios. El temor,
la desconfianza y la codicia a menudo opacan la paz y la buena voluntad. Muchas
veces, la guerra la inician naciones en
cuya política agresiva la influencia de su aparato militar es gravitante.
El militarismo
En la guerra se emplea la fuerza con tal violencia que
puede no sólo conseguir la destrucción del contrario hasta su total sumisión,
sino llegar hasta la propia destrucción. El citado von Clausewitz, uno de los
filósofos de la guerra más influyentes, afirmaba que la finalidad de la guerra
no es simplemente la derrota del enemigo, sino que la destrucción de sus
fuerzas militares, la conquista de su territorio y el sometimiento de su voluntad.
Así, este filósofo fue un profeta y hasta apologista de la guerra total. No
reconoció que el objeto de la guerra debería ser también la modificación o la
eliminación de las causas que la provocan.
Una guerra ocurre porque existen organizaciones y maquinarias
militares. La función de una fuerza armada ha sido históricamente luchar por
quien reina para ofrecerle la derrota, la capitulación y el dominio de pueblos.
Como contrapartida, también su función ha sido mantener la defensa de su propio
pueblo frente a la agresión de un enemigo. Desde la Revolución francesa y
especialmente durante el siglo XIX su función ha sido marcar el mapa político
del mundo, en un esfuerzo de cada nación por ocupar y defender el mayor
territorio posible frente a los intereses de otra nación y su poder militar como
un actual o potencial enemigo. El territorio contiene riquezas para ser aprovechadas
por la propia nación.
Nación, territorio, riquezas, Estado, república,
democracia, división de poderes son términos que caracterizan nuestra época y
se refieren a la forma que han adoptado las sociedades para organizarse más
jurídica y racionalmente. Cada sociedad nacional reivindica un territorio
determinado y mantiene un ejército permanente para defenderlo de la codicia de
otras naciones. El militarismo es la exageración de la función de las fuerzas
armadas nacionales, que desde la sola protección, seguridad y defensa pasa patéticamente
hacia la enemistad y la agresión. El origen de las guerras está en naciones
agresivas que buscan controlar y dominar a otra nación.
Los ejércitos están compuestos por soldados. Aquellos se
rodean normalmente de un aurea de poderío y gloria y éstos muestran tener un
porte muy marcial, caballeroso y honorable e invencible. La realidad contradice
la imagen pero lo que por sobre todo queda después de una guerra es sólo
destrucción y muerte, crueldad y cobardía, odios y rencores, arbitrariedad y
deshonra, injusticia y maldad, dolor y sufrimiento, ruinas y tumbas, lisiados y
locos, viudas y huérfanos, pues ni siquiera la memoria queda para recordarlos.
LA PAZ
La acción intencional y libre de una persona tiene una
dimensión moral, ya que ésta puede actuar tanto justa y bondadosamente como
injusta y egoístamente. Esta dicotomía excluye la posibilidad que la esencia
del ser humano sea intrínsecamente ni virtuosa ni perversa, puesto que una
persona puede ser virtuosa o perversa o ambas. Consecuentemente, las causas
generales de la guerra que se han anotado más arriba no son parte de la esencia
humana, sino que provienen de la maldad moral que algunos individuos o grupos
de individuos filtran en las organizaciones sociales, pervirtiéndolas, degradándolas
y degenerándolas.
La superación de las diferencias entre grupos sociales y
sociedades antagonistas pasa por su aceptación e inclusión, tolerancia y
comprensión dentro de un mismo sistema de derechos y responsabilidades, en el
que las ancestrales tradiciones e identidades son respetadas y sobrellevadas
sin significar predominio de una a la otra. Ello resulta especialmente
necesario a medida que la sociedad mayoritaria de una nación va incorporando
distintas razas, clases sociales, culturas, extranjeros. Si se busca la paz
mundial y la aceptación e inclusión de todas las naciones, las rivalidades que
surgen natural y potencialmente explosivas a raíz de la actual división del
mundo entre Estado naciones es una tarea muy pendiente en nuestro mundo tan dividido.
Que la guerra sea un fenómeno social crónico, aunque
esporádico, no significa que ésta sea irremediable. Un ser humano puede
convivir pacíficamente con sus semejantes, sin recurrir siquiera a insultos,
gracias a un ambiente social de justicia, a una formación intelectual, ética y
psicológica positiva, donde exista tolerancia, respeto, equilibrio y sensatez. De
la misma manera, una nación puede organizarse social y políticamente según una
justa intencionalidad, de modo que el trato con sus vecinos sea de paz,
cooperación y entendimiento. Principalmente, la paz podría reinar en el mundo
si el sentido de la vida social estuviera relacionado, no con la religión, sino
con la transcendencia, de modo que la codicia y el odio, el individualismo y el
egoísmo puedan ser superados. La paz duradera podría venir cuando las personas
mayoritariamente logren reconocer que la existencia del ser humano no se acaba
con la muerte, sino que obtiene la eternidad plena cuando en vida se es justo y
bondadoso.
33. EL LEVIATÁN Y LOS ESTADOS UNIDOS
“El estado natural del hombre es dejarse llevar por sus pasiones,
siendo el hombre un lobo para el hombre. Existen tres causas principales de antagonismo,
enemistad y guerra de todos contra todos: la desconfianza, la gloria y la competencia por alcanzar riquezas, honores
y poder. En este estado de anarquía la vida para la
mayoría de la gente es solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta”. Thomas Hobbes escribió estas ideas en la 1ª parte del Leviatán, el libro publicado en 1651,
coincidente con el término de la guerra civil (1642–1651), y cuyo título alude
al monstruo bíblico Leviatán del libro de Job.
El origen del
pesimismo hobbesiano
Probablemente, esta visión pesimista la obtuvo Hobbes,
quien nació (1688) en plena Reforma protestante y de su educación preparatoria
en un medio eclesiástico de dicha época. Veremos brevemente esa parte negativa
que marcó dicha visión. Toda la teología protestante tiene su origen
en la visión pesimista de la naturaleza humana que el ex monje agustino, Martín
Lutero, tenía. Sentando los fundamentos de la Reforma, él formuló tres
principios: la Verdad está sólo en la Biblia; Dios nos salva sólo por la fe, y
nos salvamos sólo por la gracia de Dios. Esta formulación es el resultado del
modo que tuvo Lutero de entender la naturaleza humana. La corrupción de la
Iglesia no fue lo que le preocupó: “Yo
no impugné las inmoralidades y los abusos, sino la sustancia y la doctrina del
papado”. La reforma que él puso en marcha no se preocupaba por las
obras ni buscaba que la gente fuese más buena y justa, sólo que la gente
creyese las doctrinas que él consideraba correctas. El fundamento de su
teología estuvo en su propia experiencia, que fue la de un hombre pesimista y
atormentado, aterrorizado ante el progresivo convencimiento de que su alma
estaba condenada. Se centró en el Dios-Juez, y sintiéndose él totalmente
indigno e incapaz de mejorar, sentía terror, más que amor o respeto, por ese
Dios que ya parecía estar condenándolo. Para él el hombre es absoluta y
totalmente depravado, odia el bien y desea el mal y no hay nada que se pueda
hacer para cambiar eso. “El hombre peca siempre, aun cuando
intente obrar el bien. El hombre está tan corrompido que ni siquiera Dios puede
rescatarle de su podredumbre: lo único que es posible a Dios es no tener en
cuenta sus pecados, no imputárselos legalmente”. Su
conclusión fue que el hombre carece de libre albedrío en temas morales y es un
sujeto pasivo que o bien se deja arrastrar por la fuerza de Dios o bien por la
fuerza de Satanás, sin que él nada pudiera hacer por evitarlo. El
razonamiento que hizo Lutero es que el hombre no puede resistir la gracia de
Dios, ya que si Dios lo salva, el hombre nada puede hacer para no ser salvado,
y si Dios no lo salva, tampoco puede hacer nada por salvarse, lo que además
implica que Dios derrama su gracia sobre algunos elegidos. Esto
lo explicitó aún más Calvino, quien directamente promulgó la predestinación de
las almas, que es la creencia de que aún antes de nacer, Dios ya ha decidido si
seremos salvos o condenados.
Lutero, como ex agustino, estaba imbuido del pensamiento
teológico y pesimista de Agustín de Hipona, quien partió del reconocimiento que
hizo, en 389, del pecado original como hecho histórico radical. Quería superar
la paradoja de la relación entre la fe y la razón. Aceptando que la fe es la
vía universal de la salvación, suponía que debe ser racional si la credulidad
viciosa, producto del pecado, debía ser vencida. La fe se constituye en régimen
permanente del hombre caído. Tras una mala traducción de un confuso pasaje en
la Epístola a los Romanos de Pablo, “por un hombre entró el pecado en el
mundo...” (Romanos 5:12), Agustín introdujo la idea del “pecado original” y de
la caída de la humanidad por la primera pareja mítica de seres humanos, y de la
necesidad de la redención de Cristo en la Cruz.
Agustín creía que una vez cometido el pecado original histórico, la
humanidad se había desdoblado en dos posturas muy diferentes: el pecado y la
gracia; el infierno y el cielo. El “paraíso” es el estado ideal del hombre, tal
como Dios lo planeó y realizó. Pero Adán fue seducido por Satanás y aquél se
despegó de Dios. Puesto que Adán fue el “patriarca”, quedó roto el pacto
original. La situación histórica del hombre, consecutiva al pecado, fue de
pérdida de la justicia y la moralidad originales, y aparecieron las debilidades
naturales: división, ignorancia, concupiscencia, mortalidad, posibilidad, etc.
Consecuentemente se perdió la libertad del amor. No se perdió, en cambio, el
libre albedrío. El hombre caído en lo sensible y lo carnal no puede unirse
directamente con Dios. La triste, pecaminosa y negativa visión del universo
salida de la mente de Agustín se encarnó
profundamente en las enseñanzas de la iglesia romana.
Agustín sigue a Pablo de Tarso. Juntando el relato del
Génesis con el dualismo platónico, el estoicismo y la muerte y resurrección de
Jesús, él elaboró una teología cuyo punto de partida fue el mito judaico del
pecado original (Rom. 5). Éste fue una desobediencia de Adán, el mítico primer
hombre y padre de la humanidad, que transgredió un mandato expreso de Dios y
que mereció como castigo una condena que implicaba la muerte, el trabajo y el
dolor para él y toda su descendencia. Pablo prosiguió con la idea de que Dios,
en su infinita bondad, enviara a su Hijo, Jesucristo, el nuevo Adán, se hiciera
hombre de carne y hueso y cargara con el pecado de toda la humanidad para
redimirla a través de su pasión y muerte en la cruz y así conseguir la
reconciliación con Dios, la justificación de la humanidad, la gracia divina, la
justicia, la salvación y la vida eterna. La resurrección de Jesús en la gloria
de Dios es, para Pablo, la destrucción del pecado y la muerte. El pensamiento
de Pablo sigue parcialmente la moral estoica. El bautizado no debe acceder a la
concupiscencia de su cuerpo mortal para que no domine el pecado, sino que debe
reinar la gracia. Solo liberado del pecado se tiene la santificación y la vida
eterna.
El estado de la naturaleza
El individualismo es una creación del mundo
occidental moderno y considera que cada persona en una sociedad civil es
por derecho un ser independiente y soberano y que debe tener la libertad de
elegir sus asociaciones voluntariamente y no tener obligaciones u obligaciones
impuestas por la sociedad sin su consentimiento; éste destaca el valor moral del individuo, promueve el ejercicio de los
propios objetivos y deseos, valora la independencia y la autosuficiencia,
defiende que los intereses del individuo deben tener precedencia sobre el
Estado o un grupo social, implica el derecho del individuo a la libertad y a la
autorrealización. Hobbes es el antecedente directo más importante de la
filosofía individualista moderna. En su Leviatán, él atribuye a todos los
individuos la libertad natural, así como la igualdad, con el propósito de
emprender las acciones necesarias para preservarse de sus semejantes. Él creía
que el ejercicio de esa libertad natural conduce lógicamente a un conflicto
incesante y a un miedo incesante. El
estado de la naturaleza es "una guerra de todos contra todos", donde cada
individuo irrumpe sobre los otros para obtener riquezas, seguridad, prestigio y
poder. Hobbes se basó en un supuesto estado de la naturaleza
para explicar cómo cada individuo mira a los demás como una competencia
potencial y se ve amenazado en sus propósitos y aspiraciones. En este estado,
existiría un conjunto de individuos auto-contenidos e inseguros que compiten
por las escasas oportunidades de vida, debiendo asumir la forma de la violencia
y las depredaciones agresivas, y quien optara salir de la competición se haría
incluso más vulnerable a la muerte.
Sin embargo, el estado de la naturaleza es una
abstracción histórica y una condición hipotética, pues estudia la manera en que
los seres humanos tendrían en ausencia de orden, ley y gobierno. En dicho
estado el deseo de seguridad es indisociable del deseo de poder, porque cada
grado de seguridad necesita ser mejor garantizado, situación que se ve agravada
por el hecho de que los individuos tienen la misma capacidad y la misma
esperanza de alcanzar los fines que ellos esperan, ya que son aproximadamente
iguales en poder físico y facultades mentales. Por el contrario,
existe el hecho antropológico, que el individualismo no logra comprender, que
en el genoma humano está inscrito como ventaja adaptativa que nuestra especie
ha sobrevivido a lo largo de cientos de miles de años gracias a la solidaridad
y la cooperación de sus miembros en el ambiente tribal que entonces existió
hasta hace apenas diez mil años atrás y que devino posteriormente en comunidad
campesina.
Después de la Revolución Estadounidense, en 1776, la
Declaración de Independencia efectuó una declaración del individualismo que se
convirtió en parte de su ideología central: "Sostenemos que estas verdades
son evidentes, que todos los hombres son creados iguales, que son dotados por
su Creador de ciertos Derechos inalienables, que entre ellos están la Vida, la
Libertad y la búsqueda de la Felicidad... Que para asegurar estos derechos, los
gobiernos se instituyen entre los hombres, derivando sus justos poderes del
consentimiento de los gobernados". Aunque mucho más influyente fue otro filósofo
empirista inglés, John Locke (1632-1704), las ideas de Hobbes sobre los
derechos inalienables y naturales del hombre y el estado natural de igualdad en
el que nacen todos los hombres se convirtieron en la piedra angular de esta
Declaración.
El contrato social y
el Leviatán
Debido a la naturaleza humana predominantemente
egoísta, en la 2ª parte del Leviatán Hobbes se centró como su principal
preocupación en la superación del estado de la naturaleza. Los hombres, cansados ya de una constante
pelea, deben decidir dejar de lado sus diferencias y llegar a un consenso en el
que todos terminen beneficiados y colaborando para un mejor desarrollo. Leviatán aboga por un contrato social como única salida racional, a
través del cual, cada individuo debía renunciar a cualquier tipo de poder en la
sociedad en favor de un gobierno fuerte e indiviso, lo que pondría fin al
estado de la naturaleza. Hobbes explica que las leyes basadas en la razón no
son suficientes para establecer la paz, por lo que se debía nombrar una
autoridad todopoderosa que sancionara las acciones del individuo. Argumenta que
para salir de este hipotético estado de naturaleza, ellos debían firmar este
contrato y someterse a ser gobernados. A través de un contrato social todos los
individuos (excepto el soberano sin restricciones) cederían todo su poder en
favor del soberano, donde cada uno debía renunciar a cualquier tipo de poder en
la sociedad. De
este modo la permuta de la libertad natural caótica por el orden impuesto por
el gobierno del soberano requiere la renuncia a todas las libertades que los
seres humanos poseen por naturaleza y la sumisión voluntaria a cualquier
dictado impuesto por el soberano.
Hobbes identifica al soberano, que es un gobernante
absoluto, con el monstruo bíblico, pues define lo que es correcto e incorrecto,
siéndole imposible hacer algo ilegal, ya que él sería la ley y no estaría
sujeto al contrato social. También él postula la necesidad del soberano
absoluto para mantener una paz social y duradera. Observa que los
hombres no encuentran placer, sino un gran sufrimiento, al convivir con otros
allí donde no hay un poder capaz de atemorizarlos a todos.
Supuso que la guerra civil y la situación brutal del
estado de la naturaleza sólo podían ser evitadas por un gobierno fuerte e
indiviso. Las leyes basadas en la razón no son suficientes para establecer la
paz, por lo que se debía nombrar una autoridad todopoderosa que sancionara las
acciones del individuo.
La idea hobbsiana de “contrato social” influyó
fuertemente en Thomas Jefferson, James Madison, John Adams y los redactores de
la Constitución de Estados Unidos, que fue promulgada en 1787. La Declaración
de la Independencia y el Preámbulo de la Constitución se basan en la idea de
que el hombre está dotado de derechos inalienables y que una vez que los
gobernantes actúan fuera del consentimiento de los gobernados, entonces tienen
el derecho y el deber de despojarse de los lazos del gobierno y la rebelión. La
propia Constitución refleja la idea de que el gobierno siempre debe ser
consciente de su abuso del poder de gobernar, y la única manera de asegurar que
el gobierno no se vuelva tiránico es dividir el poder dentro del gobierno y, en
última instancia, dárselo al pueblo. Del mismo modo, la idea hobbesiana de
soberano con poder absoluto fue modificada por los redactores de la
Constitución que no estimaban conveniente que el novel “presidente” que debía
gobernar gozara del poder sin restricción, puesto que estaba sobre el tapete la
idea del Baron de Montesquieu (1689-1755) de controles y contrapesos.
Hobbes y los Estados
Unidos
Desde la Revolución Americana, los estadounidenses han
creído en el ideal del individualismo y esta creencia constituye la base de la
vida política y social estadounidense y fue central en la fundación y la
cultura estadounidense emergente. Habiendo unido una libertad política
fundamental con autonomía social, movilidad económica y autosuficiencia
cultural, los estadounidenses de los siglos posteriores abrazaron la idea de
que sus actitudes acerca de la relación entre el individuo y el todo eran
únicas y especiales. A pesar de su aceptación del individualismo, los
estadounidenses sostuvieron este ideal social y político sin articular una
defensa teórica completa del mismo. A medida que los estadounidenses luchaban a
lo largo del siglo XIX por despojarse de las viejas tradiciones de Europa y por
enmarcar sus instituciones sociales y culturales de una manera coherente con su
individualismo político, las implicaciones más amplias del individualismo
ocasionalmente se encallaban en visiones de cohesión social y del bien
colectivo.
Mientras Aristóteles entendía que el propósito de una
sociedad es una buena vida, Hobbes veía el objetivo de la sociedad civil como
la prevención del peor mal. Además, contrario a la idea de un Estado represor y
coercitivo, el resto del mundo occidental ha sido influenciado por los ideales
de la Revolución Francesa de libertad, igualdad y fraternidad y ha llegado a
concebir que el Estado tiene por propósito asegurar los derechos humanos y el
bien común de los ciudadanos. Con el Leviatán, los estadounidenses, sean
republicanos o demócratas, identifican al Estado como una entidad ajena a ellos
que los lleva a la guerra, los encarcela, les extrae impuestos, favorece a los
poderosos, no los protege contra sus abusos del poder económico y político. La
oligarquía plutocrática, dueña y controladora de los medios de comunicación
masivos impide que los estadounidenses tomen conciencia de que el Estado ha
sido raptado por aquella misma para su propio beneficio. Es una lástima que la
ideología nacida del empirismo inglés y encarnada en EE.UU. esté influyendo tan
negativamente en las naciones occidentales a través de sus poderosos medios
corporativos de entretención e información.
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